La historia de la chaqueta de Víctor Jara y de los testigos que arriesgaron su vida por él

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Pese a los innumerables esfuerzos que se han desplegado por reconstruir los pormenores de la vida de Víctor Jara y su memoria colectiva, nada se sabe de aquel obrero prisionero también en el Estadio Chile, quién que le prestó su chaqueta para que se abrigara durante las noches y que al cabo de un par de días se transformara  en su mortaja en la Morgue y el sepulcro. Asimismo, tampoco se conoce la identidad del médico que logró sacar del Estadio Nacional su último manuscrito, aquel que dice “ Canto, que mal me sales
cuando tengo que cantar espanto”;
 dos actos de resistencia intermediados por un prisionero que logró sacar el manuscrito del Estadio Chile y un joven que  trabajaba en el Registro Civil y que cumpliendo una Comisión de Servicio en el Instituto Médico Legal logró identificarlo entre una pila de muertos, avisar a Joan y junto a ella enterrarlo en un nicho caratulado como NN.


 Las moléculas de Adn impregnado en la chaqueta que vestía Víctor Jara prisionero en el Estadio Chile y que se llevó a su tumba  constituyeron una prueba fehaciente para convocar en su condición de testigos inexpugnables al abogado Boris Navia, Jefe de Personal en la Universidad Técnica del Estado (UTE) hasta el 11 de septiembre de 1973 y a Héctor Herrera, por entonces funcionario del Registro Civil e Identificación en comisión  en el Servicio Médico Legal/SML/ (Morgue).

Ambos prestaron declaraciones durante el juicio civil que en Estados Unidos procesó al ex teniente del Ejército, Pedro Pablo, acusándolo culpable de propinarle  con su revolver un balazo en la sien mientras jugaba a la ruleta rusa y luego impartir  a un escuadrón de militares la orden de dispararle a quemarropa y sin descanso con resultados de 44 impacto de balas.

El abogado Navia le había pasado la chaqueta  que consiguió con un obrero también prisionero político en el Estadio Chile y el funcionario del Registro Civil, lo había arropado y envuelto su cuerpo con ella a modo de mortaja. No se conocían sino hasta que coincidieron en el ascensor de un hotel de Orlando/Estados Unidos, donde se alojaron a la espera de su llamado a brindar las declaraciones en el marco del juicio civil interpuesto por Joan Jara con el apoyo de una organización humanitaria, tras acogerse a la Ley de Protección a Víctimas de la Tortura de dicho país que posibilita acusaciones civiles contra personas que hayan cometido delitos de lesa humanidad.

Estando en el ascensor, la respuesta “En este pisito”  frente a una pregunta en torno al lugar del desayuno, les permitió tomar contacto, conocerse y  ligarse de por vida a un pasado común: las dramáticas últimas horas de Víctor Jara y para Héctor Herrera lograr despejar una duda que mantenía hasta entonces respecto de dicha chaqueta. Cuando encontró el cuerpo sin vida en  la Morgue y después lo arropó en el ataúd le había llamado la atención que además de quedarle estrecha, era una prenda gastada y de roñoso tejido de tweed. Una chaqueta que no tenía nada que ver con aquella de cuero negro que usaba en sus presentaciones y o bien con la que aparecía en las  fotografías de importantes revistas. Y claro, no era de él.  Nada se sabe del verdadero dueño de dicha chaqueta. Algunos han dicho que era de un  carpintero,  pero lo cierto es hasta ahora no de ha logrado identificarlo. Quizás también lo mataron; sin duda aún quedan muchos trozos de la memoria colectiva aún por reconstruir.

“Tú no moriste contigo” (Galeano)

La mañana del 16 de septiembre de 1973,  mientras llegaban innumerables camiones militares y furgones policiales llenos de muertos a la Morgue, Héctor Herrera y un trabajador a quien llamaban Kiko, sellaron un compromiso mutuo de callar lo que habían visto, no decir nada a nadie.  Entre una pila de alrededor de 300 cuerpos sin vida, habían reconocido a Víctor Jara. A partir de entonces, tratando de no llamar la atención lo primero que hicieron fue sobar sus fracturadas manos para soltar sus dedos y luego proceder a tomar sus huellas dactilares. Una vez realizado este trámite, en vez de entregarlas al jefe como era el procedimiento, Héctor, las escondió para luego verificarlas de acuerdo al protocolo de Identificación. Así iniciaba un sigiloso plan para confirmar que se trataba de él, avisar a sus familiares, rescatar su cuerpo y enterrarlo como Dios manda.

Siguiendo su plan, al día siguiente (17 de septiembre/1973), antes de presentarse en el Instituto Médico Legal, acudió a las oficinas del Registro Civil e Identificación, donde trabajaba. Bajo un segundo pacto de absoluta reserva, solicitó a una funcionaria de la sección Registro del Departamento de Dactiloscopía corroborar la identidad de las huellas que le pasa en unas fichas por debajo de una mesa donde tomaban café. Sabía que podía contar con ella porque se trataba de una compañera simpatizante de la Unidad Popular.

Al cabo de un poco más de media hora, regresa la funcionaria conteniendo los ojos llenos de lagrimas y a punto de estallar. Una vez frente a él lo mira fijamente para luego ratificar, asintiendo con un breve movimiento de cabeza. No había duda que las huellas efectivamente correspondían a Víctor Jara.

Finalizado este primer trámite, Héctor, acudió hasta la sección de la oficina del Kardex de archivos, donde se registra y clasifica de manera alfabética y numérica las huellas dactilares con los datos personales. Cuando se encuentra  la dirección del domicilio del cantautor y el nombre de Joan, su esposa, memoriza los datos para no despertar ninguna sospecha entre quienes se encontraban en dicha oficina. Había logrado realizar libremente dicha gestión porque era su área de trabajo. Hasta antes del 11 de septiembre, trabajaba tomando las huellas dactilares a los jóvenes y niños que sacaban su documento de identidad por vez primera.

Una vez en su casa, por la noche, reconociendo el riesgo de lo que hacía, decidió  contar lo que estaba haciendo a su padre y a su hermano mayor . Ambos,  lo respaldaron de inmediato e incluso  su padre aprovecha de traspasarle técnicas de manejo clandestino que conoció en el período de González Videla. Al otro lado de la habitación su madre presentió que algo sucedía, pero  no se atrevió a preguntar nada. A estas alturas, Héctor, llegaba a la casa siempre pensativo, nervioso. Había dejado de comer y ya no conversaba.

El 18 de septiembre/73/ muy de mañana, se dirigió a la casa de Joan, quién luego de escucharlo lo toma de las manos, llora y luego parten juntos a la Morgue, donde la presenta como una colega. Al interior del recinto, tras constatar que el cuerpo de Víctor Jara no estaba en el mismo lugar se ve en la obligación de revelar a dos funcionarios  que se trataba de la esposa de Víctor Jara, que tramitaba el retiro del cuerpo para darle sepultura.

Siguiendo los tramites mortuorios, uno de los oficiales a cargo de escribir el Certificado de Defunción, pregunta a Héctor las causales y la hora de la muerte. Y como había que responder para salir de allí lo antes posible, dijo que la data correspondía por herida de bala a las 5:00 horas del día 14 de septiembre. Aún no terminaba de decir esto último cuando en una oficina colindante, una funcionaria que escucha esta conversación, se levanta de su escritorio, se acerca a Joan, le acaricia sus manos y la abraza; fue el primer pésame.

De manera paralela, en otra oficina, otra funcionaria tomaba contacto con un servicio funerario para cotizar los costos. Joan no tenía el dinero suficiente  por lo que tuvo que recurrir a Héctor Ibaceta, uno de los bailarines de su taller, quién además de financiar la compra del ataúd y el nicho se une a ellos al igual que el sepulturero que traslada su urna en un carrito desde la Morgue al Cementerio General. Quebrantando también las reglas, una de las jefas de la Recepción del Cementerio había autorizado la salida  de un operario del camposanto con un carrito con el fin de trasladar el cuerpo de Víctor Jara a su última morada. Al saber que se trataba de él, había hecho solidariamente un gesto de tocar una guitarra con sus manos.

Víctor Jara fue sepultado en un humilde nicho, sin flores, ni aplausos, ni camisas amaranto, ni consignas, ni discursos, ni cantos ni guitarras. Por un buen tiempo el nicho quedó caratulado como  NN.  No habrían pasado ni un par de años cuando alguien reemplazó las NN por las iniciales  V.J. y después incluyen la frase “Hasta la Victoria”. En plena dictadura, se fue corriendo la voz que allí yacían los restos de Víctor Jara y así cada vez más fue llenándose de flores y homenajes. El sepulturero incluso se había comprometido con Joan poner flores, limpiar y resguardar dicho lugar.

Víctor Jara militaba en el Partido Comunista de Chile y se desempeñaba como Embajador Cultural del Gobierno de la Unidad Popular.

“Contigo la memoria se hace canto” (Benedetti)

Como si fuera su espíritu alzándose a dejar “volar la vida”, la historia del manuscrito “Estadio Chile”/ “Canto que mal me sales”, comienza la tarde del 15 de septiembre/73/ cuando estando en las graderías del Estadio Chile, el abogado Boris Navia, le facilita un lápiz y una libreta que le quedaban algunas pocas hojas en blanco. Se había animado a escribir al igual como lo hacía un grupo de prisioneros que aprovechando la salida de dos de ellos, querían avisar a sus familiares que estaban vivos.  Escribía en el momento que dos soldados se lo llevan. Arrastrándolo por el cuello de su chaqueta, después de un fuerte culatazo por la espalda, sin que ellos se dieran cuenta, suelta la libreta que su dueño recoge y guarda  rápidamente en el bolsillo interior de su vestón.

Al caer la noche de ese mismo día, trasladado desde el Estadio Chile al Estadio Nacional,  el abogado Navia, se  encuentra con el manuscrito de su puño y letra. Reconociéndolo como “su ultimo aliento” y la importancia de liberarlo del horror y la sangre derramada, pone en marcha un operativo que parecía imposible con el apoyo del ex senador comunista, Ernesto Araneda. A estas alturas, sabía que a Víctor Jara lo habían asesinado. Al salir del estadio, había visto su cuerpo desangrándose en medio de una ruma de treinta a cuarenta muertos.

Siempre bajo fuego, mientras  un zapatero oculta la versión original en la suela de un zapato del abogado Navia,  junto a dos profesores  memorizan los versos al mismo tiempo que los copian  en el reverso de dos cajetillas de cigarrillos. Las copias fueron entregadas a un joven estudiante y a un médico que  preparaban su salida. El primero de ellos fue descubierto por lo que a punta de torturas revela la existencia de la versión original en manos del abogado Navia.  Entonces, lo llamaron a presentarse por un alto parlante, sacaron el escrito de su zapato, lo colgaron y torturan hasta con corriente eléctrica. Nada dijo, no lograron quebrarlo, ni derrumbarlo; estaba dispuesto a dar su vida. Cada segundo de cada minuto de aquel momento daba tiempo al médico para salir del estadio con la segunda y única copia que quedaba. Tampoco se sabe quién fue. A mediados de 1974, el poema “Estadio Chile”, salió a la luz pública por primera vez en un libro editado en Argentina de Camilo Taufic.  En Londres ya estaba en manos de Joan Jara y al Intillimani, había llegado dentro de una cápsula de remedio.

“Calor de tu mano con mi mano”. ( La luna siempre es muy linda. Víctor Jara)

A menos de una semana del golpe militar del 11 de septiembre de 1973, en ambos actos de resistencia, un total de quince personas pusieron en juego sus empleos o sus propias vidas por Víctor Jara. Después de cuatro días de golpes y torturas lo mataron entre el 15 al 16 de septiembre /73/ en el Estadio Chile hoy llamado Víctor Jara/“espanto como el que vivo/como el que muero espanto”, dijo en su manuscrito final. Su obra fue prohibida y censurada. En marzo de 1974,  la cancillería chilena respondió a la Comisión de Derechos Humanos de la O.E.A que  había muerto por acción de francotiradores que disparaban indiscriminadamente contra las Fuerzas Armadas como en contra de la población civil. Luego de inhumar sus restos,  se logra condenar  a nueve ex militares, pero  las investigaciones aún no han terminado. Se está a la espera de la respuesta de extradición solicitada a Estados Unidos para enjuiciar en Chile al ex militar Pedro Pablo Barrientos y el abogado Nelsón Caucoto, señala que hay más involucrados. Está convencido que la orden de muerte provino de autoridades superiores que aún se mantienen impunes.

A casi 45 años después del homicidio, el 3 de julio de 2018 el Ministro en Visita, Miguel Vázquez Plaza, condenó a nueve oficiales en retiro del Ejército por su participación en los delitos de homicidio de Víctor Jara  y de quien hasta esa fecha, era director de prisiones, Littré  Quiroga, ocurridos en septiembre de 1973. Junto con estas condenas determinó indemnizaciones para los familiares y ofició al Registro Civil para que rectifique la fecha y hora de defunción de Víctor Lidio Jara Martínez a 15 de septiembre de 1973, a las 18:00 horas.

Joan Jara, abandonó Chile con sus hijas Manuela y Amanda en octubre de 1973. Doce años más tarde (1985) regresan  para proseguir su lucha incansable por la verdad, la justicia y la  memoria.

El sepulturero cuidó su tumba  hasta sus últimos días. El bailarín luego profesor de danza no recuerda lo ocurrido debido al trauma y tensión emocional.

Boris Navia. Después de su paso por el Estadio Chile y Estadio Nacional fue enviado al campamento de concentración de Chacabuco y Cuatro Alamos. La libreta la donó como pieza de museo a la Fundación Víctor Jara, escribió un relato testimonial y ha sido una pieza clave de permanente denuncia. Se ha dedicado a brindar apoyo legal a organizaciones campesinas y sindicales y es integrante de la Asociación de Académicos y Funcionarios Exonerados Políticos de la Universidad Técnica del Estado (UTE), que agrupa a una parte de los cuatro mil profesores y funcionarios destituidos de sus cargos.

Hector Herrera,  permaneció prisionero acusado de falsificar cédulas de Identidad para aumentar la votación del presidente Allende. Liberado de sus cargos, se refugió en Francia en 1976, donde se gana la vida con su restaurante “El Rinconcito”/ Nimes. Pasado los cuarenta años rompió el secreto del rescate cuando Joan le pide declarar como testigo en el juicio que se llevaba en Chile. A través de la asociación “Amigos por Víctor Jara”,  mantiene vínculos solidarios con organizaciones chilenas. Hasta no hace mucho no lograba vencer el trauma que le dejó su paso por la Morgue. Tenía apenas 23 años. Por entonces, pensaba que la gente que veía en las calles podrían ser familiares de aquellos que había identificado y de quienes calificaban NN. A veces  cuando los encontraba parecidos quería detenerse y decirles que fueran a buscarlos; algo así como el revés del drama de los familiares de los detenidos desaparecidos. Nunca ha podido borrar los ojos abiertos de aquellos muertos. Las miradas que dirigieron a sus asesinos quedaron detenidas en su memoria, supone que también, ellos no las han olvidado.

Myriam Carmen Pinto. Zurdos no diestros/serie/ Historias humanas de humanos demasiados humanos/ junio 2018.


Nota de la edición: La primera fotografía y de la portada corresponde a un cuadro de madera del artista francés Gerard Lattier. (dos cuadros de 105cm/85cm). Héctor Herrera los donó a la Fundación Víctor Jara, que tramita su traída de Francia a Chile. La fotografía del manuscrito fue tomada del libro “Amor Subversivo. Epistolario testimonial”/ Ediciones Radio Universidad de Chile/2017, y su fuente ”Retazos de la Memoria Chilena”/ Fundación Víctor Jara.
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