La historia de la chaqueta de Víctor Jara y testigos que por él arriesgaron su vida

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Pese a los esfuerzos por reconstruir su memoria colectiva, nunca se ha logrado saber quién fue el obrero que prestó su chaqueta a Víctor Jara en el Estadio Chile; su mortaja en la Morgue. Tampoco nada se conoce del médico que sacó escondido su último manuscrito del Estadio Nacional; momentos conmovedores de una cadena de “calor de manos con sus manos” al interior de dos actos de resistencia que logran salvarlo de ser un detenido desaparecido y que su poema Estadio Chile lograra cruzar la alambrada del horror. 


En junio de 2016, a prácticamente 43 años de su asesinato, las huellas de sus Adn impregnadas en la chaqueta que se llevó a su tumba  situaron en una condición de testigos inexpugnables al abogado Boris Navia, que hasta el 11 de septiembre de 1973 fuera Jefe de Personal de la Universidad Técnica del Estado (UTE) y a Héctor Herrera, entonces funcionario del Registro Civil e Identificación en comisión  en el Servicio Médico Legal/SML/ (Morgue). Ambos fueron llamados a brindar su testimonio, en el marco del juicio civil que en Estados Unidos culpó  al ex teniente del Ejército, Pedro Pablo Barrientos, de propinarle  con su revolver un balazo en la sien mientras jugaba a la ruleta rusa, además de dar la orden de disparar a quemarropa y sin descanso con resultados de 44 impacto de balas a un escuadrón de militares. El abogado le había pasado la chaqueta  que consiguió con un obrero también prisionero político como ellos en el Estadio Chile y el funcionario del Registro Civil lo arropó y envolvió con ella su cuerpo a modo de mortaja.

No se conocían sino hasta que coinciden en el ascensor de un hotel de Orlando/Estados Unidos, donde se realizó el juicio civil interpuesto por Joan Jara y una organización humanitaria bajo la Ley de Protección a Víctimas de la Tortura de dicho país que posibilita acusaciones contra personas que hayan cometido delitos de lesa humanidad. La respuesta “en este pisito” a la pregunta del lugar del desayuno, les permitió ligarse de por vida a las dramáticas últimas horas del cantautor y a Héctor Herrera despejar una duda respecto de dicha chaqueta. Le había llamado la atención, además de quedarle estrecha, su gastado y roñoso tejido de tweed y que no fuera aquella de cuero negro de sus presentaciones y fotografías de revistas. Y claro, no era de él. Algunos han dicho que su dueño era un  carpintero, lo cierto es que nunca se ha sabido quién era. Quizás también lo mataron.

“Tú no moriste contigo” (Galeano)

La mañana del 16 de septiembre de 1973,  mientras llegaban camiones militares y furgones policiales llenos de muertos a la Morgue, Héctor Herrera y un trabajador  a quien decían Kiko, sellan un compromiso mutuo de no decir nada a nadie. Habían reconocido a Víctor Jara entre los 300 cuerpos sin vida apilados en dicho recinto. A partir de entonces, tratando de no llamar la atención lo primero que hicieron fue sobar sus fracturadas manos para soltar sus dedos y luego procedieron a tomar sus huellas dactilares, las que en vez de entregarlas al jefe como era el procedimiento, Héctor, las esconde en un bolsillo de su chaqueta, iniciando así un sigiloso plan para identificarlo, avisar a sus familiares y rescatar su cuerpo.

Al día siguiente (17 de septiembre/1973), proponiéndose corroborar fehacientemente que se trataba de él, en las oficinas del Registro Civil e Identificación compromete un segundo pacto de absoluta reserva al solicitar a una funcionaria  analizar y comparar las fichas que le pasa por debajo de una mesa donde tomaban café con las del Registro del Departamento de Dactiloscopía. Al cabo de un poco más de media hora, regresa asintiendo con un leve movimiento de cabeza y las lagrimas a punto de estallar de sus ojos.  Se trataba de una allendista simpatizante de la Unidad Popular.

Trabajaba tomando las huellas a los jóvenes y niños que sacaban su documento de identidad por vez primera y por ello accede libremente a la oficina del Kardex de archivos que registra y clasifica de manera alfabética y numérica los datos personales. Una vez que encuentra la dirección del domicilio y el nombre de Joan, los memoriza para no despertar sospechas entre sus colegas. Por la noche, considerando el riesgo de lo que hacía, decide  contarles a su padre y a su hermano mayor. Sin dudarlo, lo respaldaron e incluso  su padre aprovecha de enseñarle prácticas de manejo clandestino que conocía desde el período de González Videla. Su madre presentía que en algo raro andaba, pero nada pregunta. No comía, no conversaba, se veía pensativo y muy nervioso.

El 18 de septiembre/73/ muy de mañana, se dirigió a la casa de Joan, quién tras escucharlo lo toma de las manos, llora y luego parten juntos a la Morgue, presentándola inicialmente como una colega. No obstante, al no encontrar el cuerpo en el sector donde lo habían dejado, se ve en la obligación de revelar a dos funcionarios que se trataba de la esposa de Víctor Jara y que tramitaba su retiro para darle sepultura.

Durante la tramitación del Certificado de Defunción cuando el oficial le empieza a preguntar las causales y la hora de la muerte viven otro riesgo de quedar al descubierto. Nuevamente mintiendo, esta vez – transgrediendo la ley, Herrera, responde espontáneamente que falleció el 14 de septiembre a las 5:00 horas por herida de bala. Luego de escuchar esta conversación, una funcionaria que estaba en una oficina colindante, se acerca a Joan, acaricia sus manos y la abraza; su primer pésame. Entretanto, otra  empleada cotizaba un servicio funerario y como Joan no tenía el dinero suficiente recurre a Héctor Ibaceta, uno de los bailarines de su taller, quién además de aceptar financiar la compra del ataúd y el nicho se une a ellos al igual que el sepulturero que traslada su urna en un carrito desde la Morgue al Cementerio General. Quebrantando también las reglas, su jefa recepcionista, había autorizado su salida del camposanto con un carrito con el fin de trasladar a Víctor Jara a su última morada. Al saber que se trataba de él, había hecho solidariamente un gesto de tocar una guitarra con sus manos.

Víctor Jara fue sepultado en un humilde nicho, sin flores, ni aplausos, ni camisas amaranto, ni consignas, ni discursos. Por un buen tiempo fue NN, pero como ya estaba dentro de los corazones de miles y miles,  su tumba poco a poco fue llenándose de flores y homenajes. Las letras NN fueron reemplazadas por su nombre y la frase “Hasta la Victoria”. Era militante del Partido Comunista de Chile y se desempeñaba como Embajador Cultural del Gobierno de la Unidad Popular.

“Contigo la memoria se hace canto” (Benedetti)

Como si fuera su espíritu alzándose a dejar “volar la vida”, la historia del manuscrito “Estadio Chile”/ “Canto que mal me sales”, comienza la tarde del 15 de septiembre/73/ cuando estando en las graderías del Estadio Chile, el abogado Boris Navia, le facilita un lápiz y una libreta que le quedaban algunas pocas hojas en blanco. Se había animado a escribir al igual como lo hacía un grupo de prisioneros que aprovechando la salida de dos de ellos, querían avisar a sus familiares que estaban vivos.  Escribía en el momento que dos soldados se lo llevan. Arrastrándolo por el cuello de su chaqueta, después de un fuerte culatazo por la espalda, sin que ellos se dieran cuenta, suelta la libreta que su dueño recoge y guarda  rápidamente en el bolsillo interior de su vestón.

Al caer la noche de ese mismo día, trasladado desde el Estadio Chile al Estadio Nacional,  el abogado Navia, se  encuentra con el manuscrito de su puño y letra. Reconociéndolo como “su ultimo aliento” y la importancia de liberarlo del horror y la sangre derramada, pone en marcha un operativo que parecía imposible con el apoyo del ex senador comunista, Ernesto Araneda. A estas alturas, sabía que a Víctor Jara lo habían asesinado. Al salir del estadio, había visto su cuerpo desangrándose en medio de una ruma de treinta a cuarenta muertos.

Siempre bajo fuego, mientras  un zapatero oculta la versión original en la suela de un zapato del abogado Navia,  junto a dos profesores  memorizan los versos al mismo tiempo que los copian  en el reverso de dos cajetillas de cigarrillos. Las copias fueron entregadas a un joven estudiante y a un médico que  preparaban su salida. El primero de ellos fue descubierto por lo que a punta de torturas revela la existencia de la versión original en manos del abogado Navia.  Entonces, lo llamaron a presentarse por un alto parlante, sacaron el escrito de su zapato, lo colgaron y torturan hasta con corriente eléctrica. Nada dijo, no lograron quebrarlo, ni derrumbarlo; estaba dispuesto a dar su vida. Cada segundo de cada minuto de aquel momento daba tiempo al médico para salir del estadio con la segunda y única copia que quedaba. Tampoco se sabe quién fue. A mediados de 1974, el poema “Estadio Chile”, salió a la luz pública por primera vez en un libro editado en Argentina de Camilo Taufic.  En Londres ya estaba en manos de Joan Jara y al Intillimani, había llegado dentro de una cápsula de remedio.

“Calor de tu mano con mi mano”. ( La luna siempre es muy linda. Víctor Jara)

A menos de una semana del golpe militar del 11 de septiembre de 1973, en ambos actos de resistencia, un total de quince personas pusieron en juego sus empleos o sus propias vidas por Víctor Jara. Después de cuatro días de golpes y torturas lo mataron entre el 15 al 16 de septiembre /73/ en el Estadio Chile hoy llamado Víctor Jara/“espanto como el que vivo/como el que muero espanto”, dijo en su manuscrito final. Su obra fue prohibida y censurada. En marzo de 1974,  la cancillería chilena respondió a la Comisión de Derechos Humanos de la O.E.A que  había muerto por acción de francotiradores que disparaban indiscriminadamente contra las Fuerzas Armadas como en contra de la población civil. Luego de inhumar sus restos,  se logra condenar  a nueve ex militares, pero  las investigaciones aún no han terminado. Se está a la espera de la respuesta de extradición solicitada a Estados Unidos para enjuiciar en Chile al ex militar Pedro Pablo Barrientos y el abogado Nelsón Caucoto, señala que hay más involucrados. Está convencido que la orden de muerte provino de autoridades superiores que aún se mantienen impunes.

A casi 45 años después del homicidio, el 3 de julio de 2018 el Ministro en Visita, Miguel Vázquez Plaza, condenó a nueve oficiales en retiro del Ejército por su participación en los delitos de homicidio de Víctor Jara  y de quien hasta esa fecha, era director de prisiones, Littré  Quiroga, ocurridos en septiembre de 1973. Junto con estas condenas determinó indemnizaciones para los familiares y ofició al Registro Civil para que rectifique la fecha y hora de defunción de Víctor Lidio Jara Martínez a 15 de septiembre de 1973, a las 18:00 horas.

Joan Jara, abandonó Chile con sus hijas Manuela y Amanda en octubre de 1973. Doce años más tarde (1985) regresan  para proseguir su lucha incansable por la verdad, la justicia y la  memoria.

El sepulturero cuidó su tumba  hasta sus últimos días. El bailarín luego profesor de danza no recuerda lo ocurrido debido al trauma y tensión emocional.

Boris Navia. Después de su paso por el Estadio Chile y Estadio Nacional fue enviado al campamento de concentración de Chacabuco y Cuatro Alamos. La libreta la donó como pieza de museo a la Fundación Víctor Jara, escribió un relato testimonial y ha sido una pieza clave de permanente denuncia. Se ha dedicado a brindar apoyo legal a organizaciones campesinas y sindicales y es integrante de la Asociación de Académicos y Funcionarios Exonerados Políticos de la Universidad Técnica del Estado (UTE), que agrupa a una parte de los cuatro mil profesores y funcionarios destituidos de sus cargos.

Hector Herrera,  permaneció prisionero acusado de falsificar cédulas de Identidad para aumentar la votación del presidente Allende. Liberado de sus cargos, se refugió en Francia en 1976, donde se gana la vida con su restaurante “El Rinconcito”/ Nimes. Pasado los cuarenta años rompió el secreto del rescate cuando Joan le pide declarar como testigo en el juicio que se llevaba en Chile. A través de la asociación “Amigos por Víctor Jara”,  mantiene vínculos solidarios con organizaciones chilenas. Hasta no hace mucho no lograba vencer el trauma que le dejó su paso por la Morgue. Tenía apenas 23 años. Por entonces, pensaba que la gente que veía en las calles podrían ser familiares de aquellos que había identificado y de quienes calificaban NN. A veces  cuando los encontraba parecidos quería detenerse y decirles que fueran a buscarlos; algo así como el revés del drama de los familiares de los detenidos desaparecidos. Nunca ha podido borrar los ojos abiertos de aquellos muertos. Las miradas que dirigieron a sus asesinos quedaron detenidas en su memoria, supone que también, ellos no las han olvidado.

Myriam Carmen Pinto. Zurdos no diestros/serie/ Historias humanas de humanos demasiados humanos/ junio 2018.


Nota de la edición: La primera fotografía y de la portada corresponde a un cuadro de madera del artista francés Gerard Lattier. (dos cuadros de 105cm/85cm). Héctor Herrera los donó a la Fundación Víctor Jara, que tramita su traída de Francia a Chile. La fotografía del manuscrito fue tomada del libro “Amor Subversivo. Epistolario testimonial”/ Ediciones Radio Universidad de Chile/2017, y su fuente ”Retazos de la Memoria Chilena”/ Fundación Víctor Jara.
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