Rosa indomable. Rosa y su espina dolorosa

1929

Ha hecho de su batalla por la verdad y la justicia su  razón de vivir y propio sentido de vida.  Tras el golpe militar, cuando mataron a su padre en Antofagasta, Rosa Silva Álvarez, siendo apenas una  adolescente, salió a tomarse las calles para protestar, haciéndolo su hábito. La policía rompía sus carteles, la golpeaban, la llevaban presa, pero ella seguía como si nada.  Y es que su sangre hervía… aún hierve. Su padre, Héctor Mario Silva Iriarte, abogado, 38 años, fue ejecutado. Por entonces era Gerente de la Corporación de Fomento, Corfo y Secretario Regional del Partido Socialista. Antes, había sido regidor de Chañaral.

El comienzo sin fin

Su nombre  fue incluido en los llamados a  viva voz. Cumpliendo una comisión de servicio, se encontraba en Santiago.  Tenía un ofrecimiento de asilo en México, pero lo desechó para viajar al norte, presentarse voluntariamente y responder las preguntas que le dijeron necesitaban hacerle. Se desplazó en su propio vehículo, incluso en horas de toque de queda. Había solicitado un salvoconducto especial.
Una vez en Antofagasta, a su esposa, Graciela Álvarez, conocida como Chela, le dijo que no tenía nada que ocultar porque sus  manos estaban limpias. Partió confiado a las oficinas de la Intendencia, creía que no había que temer. Luego de interrogarlo, lo dejaron prisionero en la Cárcel, junto a dirigentes de partidos políticos, sindicalistas, académicos y estudiantes.  
Graciela,  acudía todos los días a la cárcel. Llevaba alimentos y ropa limpia. Un día que consiguió la dejaran entrar, lo encontró arrinconado en una celda, sentado al suelo, mirando hacia un punto fijo. No la reconoció, no supo que era ella. Su cuerpo estaba lleno de heridas y llagas.
La mañana del 19 de octubre de 1973, llegó como siempre a la cárcel. Mientras le pasaba el paquete con alimentos y ropa al vigilante de turno, un hombre a quién no conocía y no había visto nunca, se le acercó para decirle: – Señora ¿No se enteró de lo que pasó ayer? (18 de octubre 1973). -No, respondió, ella. -Los mataron a todos, los mataron a todos, repite.
Al escuchar esto,  se desmaya ahí mismo. Aquel hombre era el Fiscal Militar.  
“Fusilan a tres extremistas”,  tituló la prensa, de acuerdo a un comunicado oficial firmado por el Departamento de Relaciones Públicas de la Jefatura de la Zona en Estado de Sitio.  Un segundo comunicado difundido al día siguiente,  informaba esta vez la ejecución de otros seis prisioneros políticos, según procedimientos  y órdenes emanadas de la Junta de Gobierno.   Argumentaban que habían intentado huir. Al paso de los días, se supo que los ejecutados no eran seis sino que un total de 14, entre ellos un alcalde, un gobernador, dos gerentes de empresas públicas y  los dirigentes estudiantiles, sindicales y sociales.   
Florece Rosa indomable
En los años 80, luego de finalizar sus estudios de la secundaria, Rosa, se radica en Santiago, donde se integra a la Agrupación de Familiares de Ejecutados Políticos, desde donde lucha y promueve los derechos humanos y por el fin del régimen militar.
Desde sus 17 años, todos los días es lo mismo.  Cada mañana, se levanta, toma desayuno y sale a la calle directo a protestar frente al Palacio de La Moneda. En una ocasión, casi la mataron. Fue cuando en medio de una manifestación, un policía la apuntó, pasando las balas de su fusil. No ocurrió lo que pudo haber sido el fin de sus días. Estando a punto de disparar, uno de sus compañeros – al darse cuenta de la maniobra –  desvía oportunamente el arma  con un manotazo.
Rosa no detiene su camino. Está convencida  de que la única batalla que se  pierde es la que se abandona. Quizás por ello nunca tuvo miedo a los fusiles, metralletas, tanques, botas, ni balas; quizás porque no ha podido llorar como Dios y el universo manda, menos aún vomitar la rabia que tiene hacia quienes mataron a su padre y a quienes buscan silenciar y dejar todo al olvido.

Nunca ha bajado los brazos. En plena dictadura, en los pasillos del palacio de los Tribunales de Justicia, enfrentó en la propia cara al general de Ejército, Sergio Arellano Stark, el general a cargo de la comitiva conocida como “Caravana de la Muerte”, que en octubre de 1973, a su paso de norte a sur, ejecuta a 116 prisioneros políticos. En una oportunidad le escupió el rostro y en otra – frente a frente -, mirándole desafiante y directo a los ojos,  lo increpa, gritando a viva voz: “Soy hija de Mario Silva; un hombre que usted mandó a matar”. “Quiero consultarle ¿cómo se siente ahora?… Mírelo, véalo en esta foto, criminal, asesino, criminal… asesino”.

El general Arellano Stark, dirigió la comitiva que integraban once altos oficiales, quienes desplazándose en un helicóptero, de norte a sur, luego de sacar a los prisioneros desde las cárceles, los masacraron,  acribillaron y a varios los hicieron desaparecer, enterrándolos clandestinamente o bien los lanzaron al mar. Habían vendado sus ojos, amarrados sus pies y manos.  Cuarenta tiros de rifles y ametralladoras se habían dejado caer en cada uno de ellos. Fueron muertos sin proceso, sin sentencia ni defensa alguna.
En los expedientes de lo sucedido en Antofagasta, un general declara que inicialmente él no quería entregar a los familiares los cuerpos para su sepultura. Argumenta que le daba “vergüenza” porque se descubriría la bárbara forma en que los mataron. Por ello los entregaron en una urna sellada. Esta operación ha sido reconocida como una práctica de exterminio, despliegue del terror y señal de guerra. Las fuerzas armadas creían salvar al país del comunismo, hicieron lo que hicieron, según ellos, por honor a la patria. Rosa, recuerda que su padre no sabía disparar ni siquiera una pistola de agua.

Una familia digna y entera

Libertad, Amanda, Patricia, Mario y Rosa, sus hijos, tenían entre 4 y 15 años. Hasta entonces habían vivido muy felices, muy unidos. Era un padre ejemplar. Cada noche, les traía libros,  juguetes o chocolates que les dejaba bajo sus almohadas para que a la mañana siguiente sus despertares fueran una fiesta.

Los fines de semana, los llevaba al cine y por las noches les contaba historias de la llegada de los españoles a Chile y de cómo los mapuche los enfrentaban. Les relataba la historia de Chile y él se metía en los relatos. Por lo general  era un ayudante de los personajes más importantes.

El final de cada una de estas historias que les había contado llegaba a un punto final o quizás recién comenzaba en Vallenar, donde se queda la familia.  Procurando mantenerse entera frente a sus hijos y la vida en sí que los rodea, la señora Graciela, se esmera por educar a sus hijos para que sean dignos y para que caminen con la frente en alto. Pese a que sentía que a ella la habían matado con él, lograba sobrevivir porque sus hijos la necesitaban más que nunca. “No tenemos derecho a llorar a su padre”, les decía, pero sí a quererlo,amarlo, recordarlo y hasta gritarle al viento a todo dar.  La urgencia era levantarse del suelo y seguir siendo una familia en pie, les inculcó que llorar significaba rendirse al dolor y que ello no podían permitírselo. Tenían que seguir firmes para denunciar lo ocurrido, para identificar a los responsables y encarcelar a los culpables y en definitiva para esclarecer la verdad y la justicia. .

Bajo esta premisa, sellaron un pacto. Proponiéndose inmortalizar a su padre, se comprometieron a luchar por siempre y para siempre por la verdad y la justicia. Y aún más, por la lealtad a su memoria, asumen sus ideales, su utopía social y política. Mario, el único hijo hombre, ingresa al Partido Socialista, llegando a dirigente nacional. Una de las hijas no quiso saber nunca más nada y las otras tres, al igual que su hermano,  integran  la Agrupación de Familiares de Ejecutados Políticos (AFEP), dedicándose a su lucha  de manera incansable y prácticamente a tiempo completo.

Chile por otro Chile

Camarada Héctor Mario Silva…presente. Compañero… ahora y siempre  era la consigna durante su funeral simbólico que se organizó en 1990. Fue el funeral que no fue. No había muerto, ni féretro, pero era como si. Habían cientos y cientos de banderas rojas, consignas partidarias, discursos, aplausos, claveles rojos, gritos y consignas. Ese día dejó de ser un NN en el cementerio, su nombre quedó escrito en su tumba y después en los memoriales dedicados a las víctimas de la represión de Antofagasta y Vallenar.  “Frente a mi ausencia obligada, un legado invita a vivir”, se lee en uno de ellos.
A su muerte, un capellán y un soldado que venían desde la cárcel, llegaron al hogar de la familia.  A la señora Graciela, le traían dentro de una cajita su billetera, su reloj y su documentación personal. Junto con entregarle estas pertenencias le informaron que fuera a retirar el cuerpo al hospital, que lo sepultara lejos de la ciudad y en silencio. Y así lo hizo; lo llevo a Vallenar, donde vivía su familia; lo recibió en un ataúd sellado y durante todo el viaje fue escoltado por militares con tenidas de combate y armamentos como si estuviesen en plena guerra. Al llegar, no les permitieron velatorio, ni funerales, ni misa, ni responso.  Su tumba quedó sin nombre y sin flores; quedó allí como un nadie, como un NN.
Cuando dieron el paso de cambiarlo a una tumba que se constituyera en un Mausoleo, la familia se reúne en torno a sus restos. Rosa cuenta que lo observó como si hubiese muerto ayer. Sus facciones, su pelo, su ropa; todo estaba intacto como si el tiempo se hubiese detenido en él, como si hubiese esperado este momento para presentarse ante ellos como si hubiese sido ayer. Rosa que cae arrodillada ante él, procede a acariciarle su rostro… Ninguno lloraba. Su madre les había inculcado que no podían doblegarse ni llorar. Una de las hijas, sin embargo no soportó, rompió el pacto, no pudo contener un llanto desgarrado. Se había dado cuenta que sus manos estaban amarradas. Era Libertad, la hija mayor. “En nombre de la Libertad,  desatalo, déjalo libre, le dijo su madre.

Graciela en conjunto con otros familiares de ejecutados interpuso la primera querella criminal contra el general Augusto Pinochet, lo acusaron de  homicida. No lograron juzgarlo, pero sí someterlo a juicio. El no se declara inocente, pero los jueces no lo condenan ni encarcelan. Argumentan que no estaba en su sano juicio.  Respecto del general Arellano Stark, la justicia lo declaró en un estado de demencia y locura temporal, reduciendo su condena y arresto domiciliario. Siguiendo el ejercicio de impunidad, los mandos medios se han defendido, acogiéndose a cláusulas de obediencia debida;  dicen que hicieron lo que hicieron por órdenes de sus jefes superiores.

Por una Rosa sin ninguna espina dolorosa

Rosa, afirma que en Chile los asesinos caminan libres, dice que aún no se conoce toda la verdad y que solo han habido limosnas de justicia. Ha sido el pueblo chileno y el mundo entero los que han sentenciado y condenado: “Culpables”, dice – agregando que las autoridades han priorizado la verdad y la reconciliación, relegando a la justicia a la medida de lo posible. Sintiéndose traicionada,  una vez recuperada la democracia, decepcionada parte a Nicaragua, uniéndose a los sandinistas y su revolución. Al caer el poder popular, regresa, aislándose un par de meses en su casa con una puerta a doble candado. Por entonces, decide estudiar y convertirse en abogado. Y lo logra. Así, entre marchas y consignas, esta vez se une a los equipos que  llevan los casos de violaciones de derechos humanos, recorre salas de juzgados y cortes. Así, ingresa antecedentes y nuevas diligencias para que se reanuden, continúen y no prescriban en el tiempo.

Como abogada se gana la vida trabajando en un municipio y también ejerce independiente. Tramita problemas de la gente pobre, no recibe ni una moneda, pero a cambio pide que la apoyen con los servicios de cambio de cañerías, llaves llaves y remoción de planchas del techo para que no siga lloviéndose su cama. La casa donde vive se la presta un amigo; es un espacio abierto, cálido, generoso. Es ella.  

Viviendo ya casi más de la mitad de lo que podría ser toda una vida, Rosa, no tiene hijos, marido, ni casa. Su todo son su madre, hermanos, compañeros y su causa de lucha. Quiere cambiar este mundo de abusos e injusticias. Denunciando su historia, y lo que le tocó vivir, podría decirse que sus pies dibujaron las calles céntricas de la capital.  Ya no es la misma, los años han pasado, está enferma, está en su silla de ruedas, pero su mirada sigue firme; está cansada, pero sigue con sus brazos en alto. Su lucha no ha terminado. En las marchas y mitines sigue… incluso en su silla de ruedas. 

No tiene miedo de morir. Dice que no le debe a la vida, que ha hecho todo lo que quiso y creyó que había que hacer.  Rodeada de muerte, sabe lo que quiere a su muerte. Ha dicho que quiere un funeral a modo de una fiesta, en la que corra vino, carne asada y  cumbias salseras. Dice que sus amigos saben quienes tienen prohibición de asistir y que uno de ellos tiene una lista que le pasó dentro de un sobre como si fuera su testamento. Quiere que la incineren y arrojen sus cenizas a lo largo de la calle Ahumada. Y es que dice que ahí ha vivido sus días más felices… solo allí se daba permiso y se ha permitido soñar; ser una rosa sin ninguna espina dolorosa. Protestando,  la golpeaban, removían su dolor. Resistía con su puño cerrado al aire y su rezo diario: “Aunque los pasos toquen mil años, no borrarán la sangre de los caídos”…  Dice que apenas terminaba esta frase, empezaba a divisar cómo las grandes alamedas se abrían al paso del hombre libre, tal cual como dijo el presidente Allende en su último discurso. . Rosa ha soñado a Chile volcado a las calles, venciendo y naciendo país libre, solidario y justo hasta por quienes ya no están. Rosa ha vivido y vive, habla y ha hablado por  su padre y por todos los que ya no están.

Myriam Carmen Pinto. Zurdos no diestros (serie). Historias humanas de humanos demasiados humanos. 

Fotografías color: José Durán; fotografía discusión con Carabineros y detenciones. Archivo Fortín Mapocho. DIBAM y álbum familiar (familia reunida días previos a la tragedia. Rosa es la pequeña junto a su madre, lado izquierdo (foto color).

Santiago, Chile, mayo 2012.

 

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