Pablo Neruda fue asesinado. El saber histórico de su chofer

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Manuel Araya Osorio, tiene un balazo en la pierna, un hermano desaparecido que asesinaron porque creían era él y una marca que lleva de por vida. Fue chofer de Pablo Neruda, a su muerte, tres horas antes, se lo llevaron preso, lo torturaron hasta que se cansaron. El poeta le había advertido más de una vez que lo castigarían por trabajar junto a él, pidiéndole que aunque le sacaran los ojos, nunca dijera nada.  Cuando ya creía que no moriría tranquilo, sus declaraciones lograron por fin volcar la historia oficial  dejando todo en manos de la verdad y la justicia

Pablo Neruda, a su regreso a Chile procedente de París, solicitó a la directiva del partido Comunista le asignara un chofer de confianza para que también pudiese cumplir funciones de asistente y guardaespalda. Hasta entonces, Manuel Osorio,  era chofer y encargado de seguridad de los ministros Américo Zorrilla y el subsecretario, Daniel Vergara, entre otros altos personeros del gobierno del presidente Salvador Allende.

Esta designación fue para él reconocida como un premio. Le permitía regresar a su familia del puerto de San Antonio, desde donde se trasladaba  muy de temprano todas las mañanas hacia Isla Negra, donde residía el poeta junto a su esposa Matilde.

Había llegado a Santiago a las 14 años, gracias a unas gestiones por parte de la  senadora Julieta Campusano, quién lo vinculó al partido Comunista y lo apoyó para que se preparara a cumplir funciones en los servicios de transporte y se especializara en técnicas de seguridad, defensa personal y protocolo. Viene de una humilde familia campesina, trabajar junto al poeta era para él un gran reconocimiento, un premio a su entrega y compromiso político y social. Lo primero que hacía al llegar era subir a su recámara con un lavatorio con agua. El poeta se lavaba las manos, luego le pasaba los diarios y durante el día,  según la agenda de reuniones, lo trasladaba de un lugar a otro en su auto que traído de Francia. Cuando no habían salidas, se preocupaba de las compras y abrir el portón a los invitados.

El día del golpe militar no regresó a San Antonio, se quedó acompañando al poeta y a su esposa Matilde Urrutia, se quedó allí y fue precisamente él quién  se encargó de contratar a la ambulancia que lo trasladó el 19 de septiembre de 1973 a la Clínica Santa María. El poeta pensaba sería un espacio seguro para resguardarse y protegerse mientras esperaban el salvoconducto que tramitaba el embajador de México, quién había preparado un plan para sacarlo de Chile.

El 22 de septiembre todo estaba organizado y listo, un avión lo esperaba en la loza del aeropuerto, pero Neruda posterga el viaje para el día 24, quería llevarse unos libros, la medalla del premio Nobel y otras pertenencias que había olvidado. Al día siguiente, muy de mañana, trasladó a Matilde a Isla Negra en búsqueda de estas pertenencias.

Guardaban las cajas en el auto cuando Matilde recibe una urgente llamada telefónica. Era  el poeta que le pedía regresar de inmediato porque se sentía mal, que tenía mucho calor y transpiraba mucho. Dijo que le habían suministrado una inyección en su estómago. Regresaron en el auto prácticamente volando.

Por la tarde, una vez en la clínica, recuerda que el poeta les mostró una mancha roja que le salió en el abdomen luego de inyección que le pusieron. Minutos después ingresa a la habitación un doctor, quien le pide ir a comprar un remedio que dijo que en la clínica no lo tenían disponible. Una vez en la calle, en búsqueda de este pedido, a unas pocas cuadras de la clínica, un grupo de civiles armados y  movilizados en dos automóviles  lo interceptaron,  golpearon y se lo llevaron, dejándolo en  una comisaría de Carabineros, quienes lo trasladan al Estadio Nacional, convertido en campamento de prisioneros.

El 23 de septiembre poco antes de la medianoche Pablo Neruda, moría en la clínica.

Un hombre con historia

A casi dos meses después, el 17 de noviembre de 1973, más precisamente a 45 días de arresto, lo dejan libre  bordeando el toque de queda. Aprestándose a cruzar las rejas se le acercó un joven soldado que había conocido en San Antonio. Al reconocerlo, le permitió pasar esa noche pegadito a las rejas. Lo contrario hubiese significado morir. Los militares disparaban a muerte a todos los que transitaban por las calles en horas de toque queda.  Esa mañana salió como pudo, apenas caminaba, estaba herido de bala en la pierna izquierda, tenía las costillas quebradas y gruesos machucones en la cabeza. Había bajado de peso abruptamente, dice que lo torturaron hasta ver ante sus ojos su propia muerte, querían saber si el poeta tenía armas y si había escuchado algún plan por parte de los dirigentes de la cúpula del partido Comunista

El Cardenal Raúl Silva Henríquez, había intercedido por su libertad. Lo había conocido en Isla Negra.

Una vez recuperado de sus heridas y fracturas hizo todo lo que estuvo a su alcance para denunciar que el poeta no había muerto agravado de un cáncer como lo sostiene la historia oficial sino que asesinado. Habló con Matilde Urrutia, pero ella no quiso denunciar nada, temía  la expulsaran del país y le quitaran los bienes. Habló con los directores de la Fundación Pablo Neruda. Nadie le creía nada. Tampoco los políticos una vez recuperada la democracia. Dice que estos últimos le pasaban una tarjeta y le aseguraban que se contactarían, pero pasaban los meses y meses y nadie lo llamaba. Nadie daba crédito a sus palabras,  le restaban validez a su saber histórico. Muchos aún siguen en lo mismo. Son los que no quieren que la verdad  salga a la luz, no quieren remover el gallinero nerudiano, los que no quieren mirar al pasado como si trataran de blanquear el futuro.

En 1992, no fue invitado a la ceremonia, funeral y sepultura en la casa de Isla Negra. Y como sabía que la comitiva pasaría por la ruta del Litoral de los Poetas, lo espero, quería ver pasar el féretro, rendirle un solitario, silencioso y anónimo homenaje con el pañuelo al viento y el puño del Venceremos en alto. Y así o hizo. Nadie se dio cuenta que sus ojos estaban llenos de lagrimas, lloraba porque lo sentía  una vez más a su lado.

Lloraba recordando aquel día cuando llevó a su mamá y a sus hermanos a la casa del  compañero poeta que recibía ese día al presidente compañero Salvador Allende. A los dos  les dieron la mano.  Ya no tenía más lagrimas, se le habían secado los ojos. Se culpaba así mismo de lo que considera el error más grande de su vida: dejarlo sólo en la clínica al cuidado de su hermana, Laurita, que estaba medio ciega. Y claro aquel 23 de septiembre de 1973 nunca imaginó la tragedia que se avecinaba. Creía que en la clínica estaba protegido, además que no estaba enfermo como para morir.

Sobreviviendo con este puñal metido directo en el corazón,  se enfermó de tanto sufrir. Un pre-infarto le dejó paralizado la mitad de su cuerpo, pero igualmente se reanimaba, no podía morir. Por las noches, en sus sueños, dice que el poeta lo instaba a seguir denunciando que lo habían asesinado. Dicha tarea no le ha sido nada de fácil. La historia oficial no le ha reconocido  su rol junto a los últimos días del poeta. Matilde, lo presenta como alguien lejano en sus memorias, se refiere a él casi como si fuera un vagabundo que de vez en cuando llegaba a su casa.  Tampoco lo han reconocido los biógrafos de Neruda. Por ello le ha sido muy difícil abrirse paso para sacar a la luz lo que considera uan verdad histórica. Tan solo en 2004, un diario de San Antonio publica su denuncia, pero dada su baja cobertura no logra ningún impacto. La prensa informaba remitiéndose al certificado de defunción que señala como causal una metástasis de cáncer, pese a que las primeras informaciones del Diario El Mercurio y La Tercera se refieren a un shock cardíaco como consecuencia de una inyección.

Un cerco de silencio

El circulo más intimo de Neruda fue perseguido y reprimido. El escritor Homero Arce,  su corrector de pruebas, fue secuestrado, torturado y luego fue botado en el jardín de su casa. Cuatro días después murió en un hospital. Tenía casi ochenta años. Ocurrió en 1977.

El doctor Francisco Velasco, fue torturado en el buque El Lebú.  Su esposa, María Martner, artista muralista, eran sus vecinos en La Sebastiana de Valparaíso. Jaime Maturana, el carpintero que le hacía muebles y refaccionaba sus casas, también estuvo prisionero. Desde  Villa Grimaldi partió al exilio. Reside en México. Dos de sus hermanos están aún desaparecidos.

Pablo Neruda lo consideraba su Secretario al igual que a todos los que trabajaban en su casa. A él también le decía que era su secretario chofer. Además de su detención en el Estadio Nacional,  en 1976 se llevaron preso a su hermano Patricio, creyendo era él. Aún está desaparecido.

Tras los rastros de la verdad y la justicia

Recogiendo su testimonio en noviembre de 2011, el partido Comunista de Chile interpuso una querella por asesinato y asociación ilícita caratulada  “Caso Neruda”. La investigación que recayó  en el ministro en visita, Mario Carroza, contempla una serie de diligencias, entre ellas una orden de exhumar los restos.

Mario Contreras, el abogado que lleva el caso, ha dicho que en el marco de esta investigación, los funcionarios de la clínica han admitido haber visto personas extrañas en la clínica. También ha informado que ninguno de los exámenes analizados da cuenta de la presencia de algún tumor maligno.

Mario Araya, dice que estas pericias debieran quedar bajo una supervisión internacional  a modo de garantizar su efectividad. El partido comunista ha solicitado apoyo a científicos y peritos extranjeros. De Suecia, Canadá, México y Cuba, responden favorablemente.

Su memoria viva sigue puesta allí

Esperanzando en que la verdad y la justicia vuelvan la historia a la memoria colectiva, Manuel Araya, dice que ahora puede morir tranquilo.  La batalla pública ya está ganada, pero su salud  le sigue pasando la cuenta. A veces le viene un agotamiento que lo colapsa, sin embargo logra sacar de nuevo sus fuerzas, reponerse y seguir dedicado a su trabajo de taxista por las calles. Bordeando  los 70 años, tiene una pensión que no alcanza ni a un sueldo mínimo y con ello no vive sus días.

No tiene miedo, pese a que lo han amenazado de muerte por teléfono y de manera personal. Estuvo un tiempo con medidas de protección y la policía lo ha asesorado para que tome ciertas precauciones.

Su saber histórico lo ha mantenido en pie.  Cuando allanaron su casa, la dictadura se llevó todos los libros que le había regalado el poeta, muchos de ellos con dedicatoria  especialmente escrita para él. También se llevaron una credencial; un rompe fila que usaba al estacionar el auto frente al palacio de La Moneda o a las oficinas ministeriales. La dejaba visible entre la guantera y el parabrisas  o bien la presentaba personalmente, según lo necesitara. Era un tarjetón blanco – que recuerda – decía lo siguiente: Ruego a las autoridades pertinentes otorgar todas las facilidades de trabajo a mi secretario. Pablo Neruda.

Su médico le prohibió conversar todo sobre lo de Neruda, pero él sigue haciéndolo.

Desde que la revista mexicana “Proceso” publicara el reportaje “Neruda fue asesinado”, basado en sus declaraciones, un poco antes de la querella puesta en Chile, la prensa internacional y últimamente la nacional, no ha parado de entrevistarlo. Lo llaman de Brasil, de México, de Argentina. De todo el mundo lo buscan y le ofrecen proyectos para llevar su historia al cine y editar libros en otros idiomas. Desde Suecia, lo invitaron a un homenaje que rendirán al poeta Premio Nobel de Literatura,  a  40 años de su muerte. También está invitado a Cuba, entre otras giras que ya tiene en carpeta.

A casi 40 años, el grupo más cercano, los que en Isla Negra almorzaban con Pablo Neruda, los que escuchaban recitar sus poemas, sus historias de andanzas, los que le acompañaban a buscar antiguedades, a comer pescado frito, los que caminaban con él sobre la arena y las rocas, todos ellos, los sobrevivientes, se han reencontrado en torno a la investigación judicial, al reciente lanzamiento del libro “El Doble Asesinato de Neruda”,  y a la primera huelga de los trabajadores de las casas museos que administra la Fundación Neruda.

Algunos de ellos, además de Mario Araya, su chofer, son Rodolfo Reyes Muñoz, sobrino directo del poeta, quien tiene un juicio asociado a la marca contra la Fundación Neruda; Enrique Segura, el entonces niño que el poeta quería y trataba como hijo; María Eugenia Martner, esposa del doctor Francisco Velasco,  y Rosa Núñez, una enfermera que vive en la comuna de El Tabo, a quién en una oportunidad Matilde Urrutia, confidenció sus sospechas de asesinato.

En enero de 2013, solidarizando unos con otros, en las afueras de la casa museo de Isla Negra, con ocasión de la huelga de sus trabajadores, se saludaban y abrazaban muy emocionados. Compartieron la olla común, los cafecitos y marcharon, entre carteles que hablaban por sí solos. En algunos se leía “Neruda no descansa en paz” y otros llamaban a  la transparencia del legado que pertenece a todos.

Basado en el testimonio de Mario Araya y numerosas fuentes de información, el libro “El doble asesinato de Neruda”, de Francisco Marín y Mario Casasús, concluye que al poeta lo asesinaron físicamente e ideológicamente. Esto último, argumentan, aduciendo que sus bienes  están secuestrados en manos de una fundación que no representa su voluntad. Los borradores de los estatutos de la Fundación Cantalao,  que no alcanzó a constituirse, mencionan como  albaceas a dos representantes directos de él, a los rectores de las universidades de Chile, Católica y del Estado, a  un dirigente de la Central Única de Trabajadores, CUT y uno de la Sociedad de Escritores, SECH.

Pablo Neruda está sepultado en su casa-museo de Isla Negra. Quienes quieran visitarlo y  ponerle flores en su tumba, primero tienen que abrir su billetera y comprar una entrada que cuesta cuatro mil pesos. Manuel Araya, su chofer y secretario, sostiene que a Pablito, como le decía porque – según sus propias palabras – psicológicamente era un niño,  lo tienen solo y aislado de quienes y a quienes verdaderamente pertenece.

Myriam Carmen Pinto. Zurdos no diestros (serie). Historias humanas de humanos demasiados humanos.

19 de Febrero 2013.

Fuente de información: Entrevista periodística a Manuel Araya realizada en San Antonio y en Isla Negra; documentación medios de prensa. Fotografías. Myriam Carmen Pinto, archivos y Manuel Araya,que autoriza publicar fotografías (auto y entrevista).

Nota: Las fotografias de los carteles corresponden a la huelga de los trabajadores de las casas museos (enero 2013)
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