Pablo Neruda fue asesinado. El saber histórico de su chofer

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Manuel Araya Osorio, tiene un balazo en la pierna, un hermano detenido desaparecido que mataron, creyendo que era él y una marca escrita con sangre que llevará de por vida. Fue chofer de Pablo Neruda y a su muerte, tres horas antes, se lo llevaron preso, lo torturaron hasta que se cansaron e intentaron borrarlo de la faz de la tierra. El poeta le había advertido más de una vez que tarde o tempano lo castigarían por trabajar junto a él,  incluso le pidió que nunca dijera nada aunque le sacaran los ojos.  No hace mucho, cuando ya creía que no moriría tranquilo, su saber histórico logró por fin volcar la historia oficial,  dejando  en manos de la verdad y la justicia lo que él asegura: Pablo Neruda fue asesinado. 

En febrero de 1973, a su regreso a Chile procedente de París, Pablo Neruda, solicitó a la directiva del partido Comunista le asignaran un chofer de confianza para que también pudiese cumplir funciones de asistente y de guardaespalda. Manuel Osorio fue el elegido. Hasta entonces  era chofer y encargado de seguridad de los ministros Américo Zorrilla y el subsecretario, Daniel Vergara, además de otros altos personeros del gobierno del presidente Salvador Allende.

Esta designación  la aceptó de inmediato y la reconoció como un gran premio a su compromiso social y político. Y es que le permitía regresar a su familia del puerto de San Antonio, desde donde empezó a trasladarse todas las mañanas hacia Isla Negra, donde residía el poeta, junto a su esposa Matilde.

Desde San Antonio, había llegado a Santiago cuando tenía apenas 14 años. Tenía que trabajar, viene de una humilde familia campesina. Gracias a unas gestiones de la  senadora Julieta Campusano, se vinculó al partido Comunista, en donde lo prepararon para cumplir funciones en los servicios de transporte, especializándose en técnicas de seguridad, defensa personal y protocolo.

Llegaba muy de mañana a la casa del poeta en Isla Negra. Lo primero que hacía era subir a su recámara con un lavatorio con agua, en dónde el poeta se lavaba las manos para luego desayunar. Otra de sus funciones era comprar y llevarle todos los diarios y según la agenda de reuniones lo trasladaba de un lugar a otro en el auto que se había traído de Francia, tras renunciar al cargo de Embajador del gobierno de la Unidad Popular. Cuando no habían salidas, se preocupaba de las compras hogareñas y de abrir el portón de la casa a los invitados.

La noche del golpe militar no regresó a San Antonio, se quedó en la casa de Isla Negra acompañando al matrimonio para asistirlos en todo lo que se requería. Una de sus tareas fue precisamente contratar a la ambulancia que trasladó al poeta el 19 de septiembre a la Clínica Santa María. “Don Pablo pensaba sería un espacio seguro para resguardarse y protegerse mientras esperaban el salvoconducto que tramitaba el embajador de México, quién había preparado un plan para sacarlo de Chile”, dice.

El 22 de septiembre todo estaba organizado para salir del país. Un avión lo esperaba en la loza del aeropuerto, estaba todo listo, pero Neruda postergó el viaje para el día 24. Quería llevarse unos libros, la medalla del premio Nobel y unos escritos que había dejado en Isla Negra.

El 23 de septiembre, muy de mañana, el chofer llevó a Matilde a Isla Negra en búsqueda de estas pertenencias. Guardaban las cajas en el auto cuando Matilde recibió una urgente llamada telefónica. Era él quién le pedía regresar de inmediato porque se sentía mal. Le dijo que tenía mucho calor, tras una inyección que le habían suministrado en su estómago.

Regresaron a Santiago prácticamente volando.  Una vez en la clínica, recuerda que el poeta les mostró a los dos una mancha roja en su abdomen, el punto de la inyección que le pusieron.  Estaban en ello cuando un doctor ingresó a la habitación, se acerca y le pide que salga a comprar un medicamento que – según recuerda – le dijo – en la clínica no  estaba disponible. En búsqueda de este pedido, a unas pocas cuadras de la clínica, un grupo de civiles armados y  movilizados en dos automóviles, interceptaron su auto,  lo golpearon y se lo llevaron, dejándolo finalmente en  una comisaría de Carabineros, desde dónde lo trasladan al Estadio Nacional, por entonces convertido en campamento de prisioneros. Ese mismo día, poco antes de la medianoche, Pablo Neruda, muere en la clínica. 

A 45 días de su arresto en el Estadio Nacional, el 17 de noviembre de 1973, lo dejan libre casi al borde del toque de queda. Antes de salir, frente a las puertas del estadio, un joven soldado que había conocido en San Antonio, al reconocerlo, lo escondió esa noche. Lo contrario hubiese significado morir. Los militares disparaban a muerte a todos los que transitaban por las calles en horas de toque queda.

A la mañana, salió como pudo. Apenas caminaba, estaba herido de bala en la pierna izquierda, tenía las costillas quebradas y profundos machucones en la cabeza. Había bajado de peso, lo habían torturado hasta ver ante sus ojos su propia muerte. Querían saber si Pablo Neruda tenía armas y si sabía de plan de guerra por parte de los dirigentes de la cúpula del partido Comunista. Fue puesto en libertad gracias a las gestiones realizadas por el Cardenal Raúl Silva Henríquez. Lo había conocido en Isla Negra.

Un hombre con una historia para la historia

Meses y años después. Una vez recuperado de sus heridas y fracturas, hizo todo lo que pudo y estuvo a su alcance para denunciar que Pablo Neruda no murió de un cáncer como lo sostiene la historia oficial sino que fue asesinado. Habló con Matilde Urrutia, pero ella no lo escuchó. Nada quiso hacer. Dice que temía  la expulsaran del país y le quitaran sus bienes. Cuando se creó la Fundación Pablo Neruda, se entrevistó con sus directores. Nadie le creía. Tampoco los dirigentes políticos una vez recuperada la democracia. Al respecto cuenta que cuando se reunía con ellos, le pasaban una tarjeta y le aseguraban que se contactarían con él, pero pasaban los días y meses y nadie lo llamaba. Nadie daba crédito a sus palabras,  restaban validez a su saber histórico. Muchos aún siguen en lo mismo. Afirma que “son los que no quieren que la verdad  salga a la luz; aquellos que no quieren remover el gallinero nerudiano, los que no quieren mirar al pasado como si trataran de blanquearse para entrar al futuro”.

Para el funeral y sepultura en la casa de Isla Negra que tuvo lugar en 1992 no fue invitado. Por ello esperó a la comitiva  a su paso por la ruta del Litoral de los Poetas.  Quería ver pasar el féretro de su compañero poeta, rendir un silencioso y anónimo homenaje con el pañuelo al viento y el puño del Venceremos en alto. Y así lo hizo entre medio de una multitud. Nadie se dio cuenta que sus ojos estaban llenos de lagrimas; lloraba porque lo sentía  una vez cerquita y a su lado.  Recordaba aquel día cuando le permitió llevar a la casa de Isla Negra a su mamá y a sus hermanos para que conocieran al presidente Allende.

Combatiendo una depresión inmensa que se apoderó de él,  ya no tenía más lagrimas, se le habían secado los ojos. Se culpaba así mismo de lo que considera por siempre el error más grande de su vida: dejarlo sólo en la clínica. Y claro aquel 23 de septiembre de 1973, nunca imaginó la tragedia que se avecinaba. Tal como lo había planificado el poeta, creía que allí estaría protegido porque no estaba enfermo para morir.

Sobreviviendo con este puñal metido directo en el corazón,  se enfermó de tanto sufrir. Un pre-infarto paralizó la mitad de su cuerpo. Convencido de que no podía morir se animaba a la vida. Por las noches, en sus sueños, dice que el poeta lo instaba a seguir denunciando que lo habían asesinado. Dicha tarea no  ha sido nada de fácil. La historia oficial no reconoce  su rol jugado durante los últimos días del poeta. Matilde se encargó de presentarlo en sus memorias como alguien lejano, incluso se refiere a él casi como si fuera un vagabundo que de vez en cuando llegaba a su casa.  Tampoco lo han reconocido los biógrafos de Neruda.

En medio de este clima desfavorable, sacar a la luz lo que considera una verdad histórica le ha resultado una ardua e inagotable tarea. En 2004, un diario de San Antonio publicó su denuncia, pero dada su baja cobertura el impacto queda circunscrito solo en un espacio local.  La prensa había informado de la muerte, remitiéndose al Certificado de Defunción que señala como causal una metástasis de cáncer, pese a que las primeras informaciones publicadas por el Diario El Mercurio y La Tercera se refieren a un deceso producto de a un shock cardíaco como consecuencia de una inyección.

Un cerco de silencio

El circulo más intimo de Pablo Neruda fue perseguido y reprimido, desde el primer día del golpe militar. Homero Arce,  un escritor que fue por años su corrector de pruebas fue secuestrado, torturado y luego lo dejaron abandonado en el jardín de su casa. Estaba muy mal herido. Cuatro días después murió en un hospital. Tenía casi ochenta años, fue en 1977.

En Valparaíso, el doctor Francisco Velasco fue torturado en el buque El Lebú.  Con María Martner, su esposa, artista muralista, eran sus vecinos en La Sebastiana.

Jaime Maturana, el carpintero que le hacía muebles y refaccionaba sus casas también estuvo prisionero. Desde  Villa Grimaldi partió al exilio. Reside en México. Dos de sus hermanos forman parte de la lista de detenidos desaparecidos.

A ello se agrega la detención y desaparecimiento de Patricio Araya, hermano  del chofer, que fuera detenido en 1976 en el terminal de buses. Creían era él. Desde entonces nada se sabe de su paradero.

Neruda decía que el carpintero y  su chofer eran sus Secretarios.  Así los presentaba.

Tras los rastros de la verdad y la justicia

Basándose en estas afirmaciones del chofer, el partido Comunista de Chile interpuso una querella por asesinato y asociación ilícita. La causa caratulada  “Caso Neruda” recayó  en el ministro en visita, Mario Carroza, quién cursa una serie de diligencias, entre ellas una orden de exhumar los restos.

Mario Contreras, el abogado que lleva el caso, ha dicho que en el marco de esta investigación los funcionarios de la clínica admitieron haber visto personas extrañas en torno a la habitación que ocupó el poeta. Otro aspecto de interés se refiere a los exámenes analizados en los cuales no se observa la presencia de algún tumor maligno.

A modo de garantizar una efectiva investigación, Manuel Araya considera que las pericias en torno al caso debieran quedar bajo una supervisión internacional. El Partido Comunista ha solicitado apoyo a científicos y a peritos extranjeros. Desde Suecia, Canadá, México y Cuba, todos han respondido favorablemente.

Su memoria viva sigue puesta allí

Esperanzando en que la verdad y la justicia vuelvan esta historia a una verdadera memoria colectiva, Manuel Araya, dice que ahora puede morir tranquilo.  Su médico le prohibió conversar todo sobre lo de Neruda, pero él sigue haciéndolo. Dice que la batalla pública ya está ganada. No tiene miedo, pese a que lo han amenazado de muerte por teléfono y de manera presencial. Estuvo un tiempo con medidas de protección y la policía lo ha asesorado para que tome ciertas precauciones.  A veces le viene un agotamiento que lo colapsa, sin embargo logra sacar de nuevo sus fuerzas, reponerse y seguir dedicado a su trabajo de taxista por las calles. Bordeando  los 70 años, tiene una pensión que no alcanza ni a un sueldo mínimo.

Su saber histórico lo ha mantenido en pie.  Cuando allanaron su casa,  se llevaron todos los libros que le había regalado el poeta, muchos de ellos con dedicatoria escrita especialmente para él. También se llevaron la credencial que usaba al estacionar el auto frente al palacio de La Moneda o bien frete a las oficinas ministeriales. Era un tarjetón blanco que decía lo siguiente: Ruego a las autoridades pertinentes otorgar todas las facilidades de trabajo a mi secretario. Pablo Neruda.

Desde que la revista mexicana “Proceso” publicara el reportaje “Neruda fue asesinado”, basado en sus declaraciones, un poco antes de la querella puesta en Chile, la prensa internacional y últimamente la nacional no ha parado de entrevistarlo. Lo llaman desde Brasil, México y  Argentina. Muchos lo buscan para ofrecerle llevar su historia al cine y editar libros en otros idiomas.  No hace mucho, lo invitaron a participar en un homenaje que rendirán a Pablo Neruda en Suecia con ocasión de cumplirse  40 años de su muerte. También está invitado a Cuba, entre otras giras que ya tiene en carpeta.

A casi 40 años de la tragedia, el grupo más cercano al poeta; los que en Isla Negra almorzaban con él los que escuchaban recitar sus poemas y sus historias de andanzas, los que le acompañaban a buscar antiguedades o a comer pescado frito, los que caminaban junto a él por las playas, todos ellos, los sobrevivientes, se han reencontrado en torno a la investigación judicial, al lanzamiento del libro “El Doble Asesinato de Neruda”  y a la primera huelga de los trabajadores de las casas museos que administra la Fundación Neruda.

Algunos de ellos, son Rodolfo Reyes Muñoz, sobrino directo del poeta, quien tiene un juicio asociado a la marca contra la Fundación Neruda; Enrique Segura, el entonces niño que el poeta asumía como un hijo; María Eugenia Martner, esposa del doctor Francisco Velasco,  y Rosa Núñez, una enfermera que vive en la comuna de El Tabo, a quién en una oportunidad Matilde Urrutia, confidenció sus sospechas de asesinato.

En enero de 2013,  con ocasión de la huelga de los trabajadores de la casa museo de Isla Negra, todos ellos se saludaban y abrazaban. Ese día luego de compartir una olla común seguido de cafecitos, salieron a marchar por las calles de Isla Negra. Muchos de ellos portaban carteles que hablaban por sí solos. En algunos se leía “Neruda no descansa en paz” y otros llamaban a  la transparencia del legado que pertenece a todos.

Basado en el testimonio dl chofer y numerosas fuentes de información, el libro “El doble asesinato de Neruda”, de Francisco Marín y Mario Casasús, concluye que al poeta lo asesinaron físicamente e ideológicamente. Esto último, argumentan, aduciendo que sus bienes  están secuestrados en manos de una fundación que no representa su voluntad. Los borradores de los estatutos de la Fundación Cantalao,  que no alcanzó a constituirse, mencionan como  albacea a dos representantes directos de él, a los rectores de las universidades de Chile, Católica y del Estado, a  un dirigente de la Central Única de Trabajadores, CUT y un representante de la Sociedad de Escritores, SECH.

Pablo Neruda está sepultado en su casa-museo de Isla Negra. Quienes quieran visitarlo y  ponerle flores en su tumba, primero tienen que abrir su billetera y comprar una entrada que cuesta cuatro mil pesos. Manuel Araya, su chofer y secretario, sostiene que a Pablito, como le decía porque – según sus propias palabras – psicológicamente era un niño,  lo tienen solo y aislado de quienes y a quienes verdaderamente pertenece.

Myriam Carmen Pinto. Zurdos no diestros (serie). Historias humanas de humanos demasiados humanos.

19 de Febrero 2013.

Fuente de información: Entrevista periodística a Manuel Araya realizada en San Antonio y en Isla Negra; documentación medios de prensa. Fotografías. Myriam Carmen Pinto, archivos y Manuel Araya,que autoriza publicar fotografías (auto y entrevista).

Nota: Las fotografias de los carteles corresponden a la huelga de los trabajadores de las casas museos (enero 2013)
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