Las tres Anitas y sus vivos muertos. Enclave testimonial. 40 años

1817

“Mi Juanito… Mi Juanito“, dice la señora Ana González  cada vez que se encuentra con Anita Altamirano. Junto con mirarla fijamente a los ojos,  la abraza, le apreta una mano y luego repite… “Mi Juanito, mi Juanito”. Se refiere al profesor, Juan Gianelli,  quien fuera detenido cuando hacía clases en una escuela de una población popular. Lo había conocido en su propia su casa cuando estudiaba en la Escuela Normal, era compañero de curso con su hija Ana María, incluso se graduaron juntos. Gianelli  también, se reunía de manera frecuente con Manuel Recabarren, su marido, que fuera secuestrado una mañana cuando salía a buscar a dos de sus hijos, a quienes la noche anterior los habían subido a la fuerza a un vehículo junto a la esposa de uno de ellos, embarazada de tres meses y que nunca se supo si  el bebe nació o no. Ocurrió en 1976. Todos  ellos desaparecieron.

Corrían los últimos días de julio de 1976. La señora Ana González se paseaba de un lado a otro por los pasillos de la Vicaría de la Solidaridad; prácticamente su segunda casa. Allí se reunía con otras mujeres que al igual que ella buscaban a sus maridos detenidos y o secuestrados bajo la noche oscura de la dictadura militar. Estaba en ello cuando veo a una mujer joven que se veía muy angustiada, desorientada y con los ojos llenos de lagrimas. Era la profesora Anita Altamirano, quien por primera vez llegaba ahí y por tanto  no sabía hacía donde dirigir sus pasos, incluso ni siquiera dónde detener su mirada. Siguiendo los consejos que le dejara su propio marido en caso de que lo detuviesen buscaba ayuda. Tal como lo hacía con la mayoría de los que llegaban, fue a su encuentro para preguntarle que pasaba. No la conocía, nunca antes la había visto, pero como su corazón era muy grande, siempre se acercaba para dar una palabra de aliento a las familias que acudían en búsqueda de apoyo legal y o social. Tras escucharla, la invitó a una actividad que se realizaba ese mismo día por la tarde. La joven Anita, no podía quedarse, tenía que regresar a la escuela  donde trabajaba y después de cruzar nuevamente la ciudad cuidar a sus hijos que por entonces tenían cinco y  un año y medio. Ellas tenían 50 y 34 años.

Al día siguiente, nuevamente se encuentran. La joven Anita, había regresado para firmar los escritos de un recurso de amparo.  Nuevamente al verla se acerca y al igual que el día anterior la saluda, diciéndole: “No me habías dicho que  era mi Juanito al que buscabas”. Y claro… lo conocía. En la Escuela Normal, había sido compañero de curso de Ana María, su hija. De hecho, muchas veces estudiaban juntos en su casa, donde también se reunía frecuentemente con Manuel Recabarren, su marido. Y es que ambos militaban en el partido Comunista, vivían en la popular y combativa comuna de San Miguel, donde siempre se topaban en las actividades culturales y políticas que tenían lugar en el Teatro Municipal Domingo Gómez Rojas, que ya no existe.

Manuel Recabarren Rojas, (50 años), fue secuestrado al salir de su casa la mañana del 30 de abril de 1976.  Iba en búsqueda de información que diera luces del paradero de sus hijos Manuel, (Mañungo), 22 años,  Luis Emilio, 29 años  y su esposa, Nalvia Mena Alvarado (20 años), embarazada de tres meses. A los tres los habían subido a la fuerza a un vehículo la noche anterior, incluyendo al pequeño hijo, Luis Emilio, de apenas dos años. Sin embargo, tras un par de horas, el vehículo regresa al barrio, dejando al menor solo y llorando a seis casas de la familia. Ese llanto desconsolado interrumpió la película que veía en la televisión con uno de sus hijos.

Una de sus vecinas, tocaba la puerta con él en sus brazos. De inmediato se levanta, dirige sus pasos hacia la puerta, percatándose que era su nietecito. Este es el comienzo de una historia que en menos de 24 horas cambiaría su vida por siempre y para siempre. Aquella noche, un poco antes de abrir la puerta de su casa, le había mostrado a su marido -“Mi Negro”,  como le decía – un bosquejo de un panfleto   confeccionado a propósito del Día de los Trabajadores. A él le gustó, la felicitó y al trasladarse a otra habitación le envía un beso; el último que sellaría su despedida. Sus compañeros le apodaban “El Samurái” por su facha y personalidad guerrera y fuerte; un dirigente abierto a escuchar y solucionar los problemas que le planteaba sus compañeros y los vecinos. Había trabajado en el diario “El Siglo”, en las editoriales Universitaria y Nascimento y durante el gobierno del presidente Allende tuvo a su cargo a las Juntas de Abastecimiento y Precios (JAP) de San Miguel. Era su marido, su todo, le había enseñado a cocinar, hacer el amor, amar al pueblo; era su todo. Le decía “La consentida”.

Su hijo, Manuel, trabajaba de gásfiter  y Luis Emilio, también del gremio gráfico era dirigente de la Asociación de Funcionarios de la Universidad Técnica del Estado (UTE).

Tres meses después, el lunes 26 de julio, detienen al profesor, Juan Gianelli Company, se lo llevo un grupo de civiles cuando estaba haciendo clases en la Escuela de Niñas N°24. Había regresado recién de sus vacaciones de invierno. Tenía 29 años, su detención se inserta en la serie de operativos contra la dirección clandestina e importantes dirigentes de masas del Partido Comunista de Chile.  No mucho antes, había firmado, junto a 17 dirigentes sindicales, una carta que enviaron al Ministro de Hacienda y en l que expresaban su preocupación por los cierres de miles de industrias, los despidos masivos de trabajadores y en definitiva planteaban su rechazo al modelo económico neoliberal que por entonces hacía su estreno. Gianelli fue uno de los fundadores del Sindicato Único de Trabajadores de la Educación (SUTE), disuelto por decreto, al igual que el sistema de Escuelas Normales que puso fin a una época de más de un siglo de formación del profesorado chileno. 

Anita, recuerda que era capaz de hablar y hacer callar un teatro lleno de trabajadores y por las tardes se transformaba en un artista, más precisamente un bailarín. Era uno de los integrantes del conjunto “Millaray” y también del grupo “Cantos y Danzas de Chile, Héctor Pávez”. “Cara a cara y pecho al frente”, muchos lo recuerdan como el mejor de la cueca larga chilota y la cueca zapateada.

La tarde del 26 de julio de 19876,  no llegó a la cita programada. Con ocasión de su cumpleaños, habían acordado ir a saludar a la mamá  de Anita, la señora Ana Julia. Paradojalmente, la señora Ana González nació también un 26 de julio; un día muy importante, nos recuerda la profesora Anita: inicio de la revolución cubana; día de la ejecución del inca Atahualpa; cumpleaños de Eva Perón, Unamuno, Machado y Mozart y el día de Santa Ana, la madre de la virgen María madre de Jesús.

Las madres de todas las protestas

El saludo de “Mi Juanito“, “Mi Juanito“, empezaba a repetirse una y otra vez en las innumerables reuniones y actividades organizadas por la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos (AFDD). ¡Nuestra Vida por la Verdad!, era la consigna que por entonces levantaban en lienzos, pancartas y fotografías pegadas a su pecho. Sin cansarse , los buscaban en las listas de prisioneros que se daban a conocer en las afueras de los recintos de detención, en donde les devolvían los paquetes que les dejaban sin decirles nada. Los buscaban en la morgue,  en los hospitales y postas de urgencia. Por su parte los abogados presentaban oficios para que los jueves preguntaran por ellos en los recintos secretos de detención. ¿Dónde están?. Ni los santos son tan santos, le dijeron en una oportunidad como respuesta. Los negaban e incluso llegaron a decir que no existían, que no habían nacido nunca o bien que habían salido del país con otras mujeres.

En junio de 1977, las dos Anitas (Anga González y Anita Altamirano), participaron en la primera huelga de hambre* que realizaron en la sede de la Cepal. Un grupo de 26 personas, todas familiares de detenidos desaparecidos, emplazaron al régimen militar con lo que fue la primera manifestación pública en plena dictadura militar. Este acto les significó ser reconocidas como las madres impulsoras del Movimiento por la Verdad y la Justicia, Promoción y Defensa de los Derechos Humanos. “A las mujeres de Junio”, se llamó el poema que escribió Violeta Zuñiga, esposa de Pedro Silva. “El dolor del hambre no se compara con el dolor de no tener al frente al ser amado”, escribió en el pizarrón de una de las salas de reuniones, Aminta Traverso, fue un poco antes de abandonar la sede internacional. Días después, esta misma frase fue grabada en medallas, pulseras, arpilleras y todo lo que salió de las manos de artesanos solidarios con destino a Europa.

Tras su participación en esta huelga, la profesora Anita perdió su trabajo de profesora en la escuela Parroquial Inmaculada Concepción de Vitacura. A diferencia de la directora de la escuela de la comuna de San Miguel, que le daba permiso y dinero para el taxi, pese a que le solicitaba se mantuviera en segundo plano y tratara de no salir en las fotos durante las protestas, este director, que era un sacerdote holandés, la despidió, acusándola de trabajar en la resistencia. Un par de meses después, el 23 de noviembre de 1977, la señora Ana González,  Gabriela Bravo y Ulda Ortiz, esposa del diputado Carlos Lorca y José Baeza, ambos detenidos desaparecidos, fueron impedidas de ingresar al país. Les dieron el titulo de Terroristas por las denuncias formuladas ante la Comisión de Naciones Unidas y la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH).

Fueron estas mismas gestiones las que finalmente lograron revertir dicha prohibición. La señora Ana no quiso asilarse. Regresó a Chile y siguió su lucha. En 1978, ambas participaron en las nuevas huelgas de hambre, ayunos, encadenamientos a las rejas del Ministerio de Justicia y protestas callejeras. ¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos!… gritaban por las calles con las fotografías de sus seres queridos clavadas al pecho como si fueran los clavos de la cruz al madero. No tenían miedo,  pese a que muchas veces las declararon públicamente sospechosas e incluso se las llevaban presas cuaando participaban en las marchas. Muchas veces las acusaron de trabajar para el comunismo internacional y los “frailes izquierdizantes”, según decían.

Cuando participaban en la primera huelga de hambre, durante las horas de mayor desasosiego, las dos anitas estrecharon mayormente un vínculo inseparable. Como no sabían si al salir las detendrían o bien las expulsarían del país, o quizás las harían igualmente desaparecer como a sus familiares que buscaban. En aquellas noches en vela, y llenas de incertidumbres y pesares, recordaban a los suyos. Desde entonces y más de una vez, Anita le ha preguntado a la señora Ana, sí su hija Ana Maria y Juan Gianelli fueron pareja. Quería recuperar un pedazo de la historia. La duda proviene a partir de una fotografía que ella encontró en el maletín. En ella se aprecian ambos durante una gira de estudios que realizó el curso de normalistas a Chiloé.  La duda también se acrecienta cuando la dueña de la residencial, donde alojaron durante su luna de miel en Chiloé, le preguntara si era la misma Anita de su viaje anterior. Se trataba de una mujer ciega que al palpar su rostro, exclamó… ¡usted no es la misma Anita que antes acompañaba a este encantador joven profesor!.

Cuando Anita hace la misma pregunta, la señora Ana, la escucha, enciende un cigarro, lanza el humo hacia la ventana, mira hacia el horizonte y responde un tajante, seguro y firme No. Así y todo, en uno de los desvelos de las noches en la Cepal, ella le dijo que en caso de que le pasara algo, le dejaría a su nieto Rodrigos a su cuidado; el primer hijo de Ana María.

Ana María Recabarren, murió el 16 de marzo de 2007, ese mismo día nació su hijo Rodrigo. Anita Altamirano también cumple años ese mismo día. A la hija de la señora Ana Gonzále, se le desató un fulminante cáncer, ocurrió un par de meses después de escuchar que a su hermano, Luis Emilio, lo habían lanzado a las aguas que rodean el puerto de San Antonio. Fue en una de las reuniones de la Mesa de Dialogo (1999-2000). En esa oportunidad, un grupo de representantes de las Fuerzas Armadas, dieron a conocer una lista de detenidos desaparecidos que fueron arrojados desde unos helicópteros al mar abierto. Les dijeron que estaban dentro de unos sacos y amarrados a un riel.  Al escuchar esto, Ana María, lanzó un estridente y desgarrador grito que la dejó inconsciente. Salió de lo mas profundo de su alma, casi como si salía de sí. A partir de entonces, los médicos y psicólogos nada no lograron. El cáncer que desarrolló fue producto de su pena, su sufrimiento, su dolor crónico,  sus enormes heridas abiertas. Su partida concreta una injusta nueva muerte al interior de la familia Recabarren González.

Por tu vida, mi vida

Las dos Anitas podrían no estar contando esta historia. El día que se llevaron a su marido, la señora Ana se salvó porque se retrasó al vestir al nieto más pequeño, el hijo del matrimonio secuestrado que seguía llorando desconsoladamente. Anita, la profesora, fue acuchillada una noche un poco antes de llegar a su casa. No murió desangrada porque una mujer la llevó de inmediato a una Posta de Urgencia. Después supo que la mujer había sido alcaldesa de la comuna de Ñuñoa.

Las integrantes de la Agrupación de Faimiliares de Detenidos Desaparecidos… Viviana, Berta, Tolita, Sola, y otras Anitas, entre ellas, Ana Rojas y Anita Molina, madre de Pedrito…  pensaban que sus familiares estaban vivos, creían que los encontrarían vivos, pero al pasar de los años, poco a poco, la verdad emerge. Los habían asesinado y ocultado sus restos.  Muchas de ellas confiesan que no han podido llorar, otras en cambio mencionan que lo han hecho a mares,  que ya no tienen más lagrimas y que sus ojos se secaron. Así como aprendieron a luchar, aprendieron volver a sonreír por sus hijos y nietos. A muchas se les detuvo el tiempo o quedaron fuera de este; siguen esperándolos con un plato puesto a la mesa, les planchan las camisas y preparan la cama por si regresan a altas horas de la noche.  Quienes no han lohgrado soportar su dolor, decidieron irse de este mundo. Varios suicidios de madres, hijos se cuentan a lo largo de estos aaños. También los profundos traumas y eternos conflictos familiares. En 2008, la señora Otilia Vargas,  dijo en su agonía  que su marido la venía a buscar y que estaba a la espera de sus cinco hijos; dos de ellos desaparecidos y tres ejecutados.

A la señora Ana González, la mantuvo en pie el amor a los suyos y al pueblo , ello le permtió levantarse cada día, seguir entera, salir a la calle y continuar su lucha año tras año. “Todo mi amor está aquí y se ha quedado pegado a las rocas, al mar, a las montañas”, se lee en el Memorial del Detenido Desaparecido y Ejecutado Político, que fue construido dentro del Cementerio General de Santiago; el primero que en el Chile de la transición se inaugura en 1994, representando a 3.079 víctimas de la tiranía sanguinaria.

Fue  detenida nueve veces, estuvo en calabozos y la Cárcel de Mujeres. Estando en la prisión, en vez de quejarse, se dedicaba a limpiar los baños y a compartir con sus compañeras pensamientos positivos. Por su coraje, fuerza, bondad y actitud de vida ha sido reconocida como un baluarte emblemático, un monumento viviente a la dignidad humana y a todas las memorias de lucha. Así y todo, la han tratado de mentirosa. En 2009, la diputada Carla Rubilar, aseguró que Luis Emilio Recabarren, estaba vivo y que residía en Buenos Aires. Al enterarse de esta noticia, Luis Emilio, llamó desde Suecia, anunciando que padre estaba vivo. Al otro lado de la línea, su tía Patricia, respondía que esa no era la realidad. “Yo quiero decirle al país que afortunadamente en el mundo existe vivo un Luis Emilio Recabarren, pero este Luis Emilio Recabarren no es mi hijo, es mi nieto, el nieto de dos años y medio que dejaron abandonado y que sobrevivió a todos los dolores, a todas las torturas, a todo lo que se sufrió en este país y está vivo en Suecia, al lado de su abuela materna, declaraba públicamente la señora Ana, desmintiendo a la parlamentaria y a sus sombrías fuentes de información.

Frente a frente al fantasma de la impunidad que recorre el país, recuperada la democracia, “Mi Juanito”, sigue presente en protestas y mitines, ahora, rechazando las rebajas de condenas de autores de brutales asesinatos o cuando se persigue aplicar la Ley de Amnistía. ¡Ni perdón, ni olvido, es la consigna. “Mi Juanito”, “Mi Negro”, escuchan sus oídos, quizás  sea un intento de traerlos a la vida, un lenguaje de resistencia, una suerte de sustitución viviente… algo así como si los llevaran vivos adentro de ellas o como si ellas fueran sus criptas. Son sus muertos vivos, aquellos que nunca vieron apagarse, que nunca enterraron, que no tienen donde ir a poner flores; solo saben, los mataron, los enterraron y después los desenterraron para ocultarlos para siempre, que los lanzaron al mar, desapareciendo así  por segunda y hasta por tercera vez.

A 40 años, Anita Altamirano, sueña con un pasaje de avión que la lleve a un lugar que le permita liberarse de vivir atrapada de un puñal que lleva metido en sus huesos y venas vacías. Ricardo, su hermano poeta, escribió “Las Buenas Costumbres”, que le enseñaron “la pe con la a”, “el Mío Cid en castellano antiguo” y “la libertad de decir cualquier cosa”… mientras piensa en su hermana profesora, bailando solitaria su eterna cueca sola. Es la cueca que interpreta el conjunto folklórico de la agrupación que relata lo dichosas que eran cuando sus días eran apacibles antes de que les llegara la desventura.

La señora Ana, en su casa que parece un museo lleno de fotografías, obras de arte y recuerdos, ya no fuma, quiere seguir luchando, quiere que la visiten, que le vayan a cantar. Es pueblo y necesita a su pueblo. El barrio donde vive está lleno de murales a todo color que ella misma ha pintado con tarros, brochas, pinceles y su camisa amaranto de la Brigada Ramona Parra. Pareciera que estas murallas verde esperanza guían a todos quienes la visitan. Al cumplir 91 años, en una silla de ruedas, a la mesa de la cocina, escucha a Manuel, contándole su día, tal como era antes por las tardes. Un llamado telefónico interrumpe este lapso. Antes de responder, se vuelve a él, cierra los ojos y dice: Manuel, he envejecido, en cambio tú, estas igual. Así dice al final de su libro autobiográfico que escribió hasta los últimos días de su vida.  El cruce de estas vidas entrelazadas continúa hasta el fin de sus días. El 26 de octubre de 2019 murió la señora Ana González; el mismo día del cumpleaños del profesor Juan Gianelli. 

Myriam Carmen Pinto. Zurdos no Diestros. Historias humanas de humanos demasiados humanos. Julio 2016.

Fotografías: Fernando La Voz. Reportaje fotográfico La señora Ana; Pedro Martínez Rodríguez, (fotografía muestra “Chile, memorial del silencio”, España);  arpilleras exposición Memorarte (web Prodemu); albúm familiar Anita Altamirano.

*La primera huelga de hambre fue realizada por los prisioneros del campamento de Puchuncaví, luego de tomar conocimiento del operativo publicitario destinado a encubrir la desaparición de 119 personas en 1975.
Compartir