La oración con los ojos vendados. Represión - mundo evangélico.

Fernando Avila Alarcón, en San Bernardo, muchos cuando lo ven, lo saludan y le dan la mano, pero otros, con ojos que van y vienen, avergonzados, bajan la mirada, apuran sus pasos, o cruzan la vereda. Conoce a quienes en el cerro Chena mataron a su padre, Roberto Avila Márquez, trabajador ferroviario y pastor evangélico, y a quienes los apresaron y torturaron, a él mismo y a su hermano David, que tras sobrevivir milagrosamente a un fusilamiento, refugiado en Suecia,  asesinan con un corvo, 18 años después.

Uno de los militares responsables se suicidó, otros viven alcoholizados, y el chofer que trasladaba los cuerpos sin vida, antes de morir, cuando se encontraban, le pedía disculpas. A ninguno perdona, pero dice que ellos se irán de este mundo con un dedo doblado; el dedo que durante tantos años mantuvieron puesto en el gatillo listo para disparar.

Por Myriam Carmen Pïnto. Historias de humanos demasiados humanos.

Vinculando la oración y la lucha popular, iluminada  por la Biblia, su norma de fe y práctica, Roberto y Fernando Avila, pastor y diacono de la primera iglesia evangélica Bautista de la Misión en Chile; padre e hijo; el mayor de siete, predicando en las calles, sustentados en una fe que les mostraba a Dios y a Jesús viviente, lideran tomas de terrenos, levantan viviendas con palos y cartones, organizan comités, y buscan conjuntamente solucionar sus problemas. Entre overoles, trenes, rieles, soldaduras al arco, ambos, convergen hacia una activa y comprometida militancia en el partido Comunista.

Su esencia era social y espiritual. El pastor tenía a su cargo el sermón dominical. Lo preparaba, escuchando los goles de su equipo de fútbol favorito, junto a su esposa Lucila y sus hijos. Fernando, desde muy joven, guiaba grupos de lecturas bíblicas, y dirigía a las juventudes bautistas.

Insertos en la comunidad, contribuyen proactivamente a materializar la realidad que vivían. Impulsaban operativos para sacar a las familias del río cuando este se desbordaba, conseguían techumbres, gestionaban accesos al agua y luz, y después apoyaban su organización para postular a viviendas sociales.

Ellos fueron los primeros en tener estos servicios,  y los distribuían a quien se lo pidiera. Así, entre todos, poco a poco, van transformando chacras y criaderos de chanchos en sus barrios obreros,destinan sus esfuerzos  a superar emergencias y necesidades. Una de las abuelas  tenía un pequeño restaurant. Allí almorzaban los maestros que construían la Gran Avenida, y también aquellos que plantaron los árboles ahora convertidos en un túnel verde que los une a la capital.

A Fernando, estas actividades le potencian un liderazgo, perfilándolo como muy buen conductor de grupos. De las organizaciones comunitarias,  juntas de vecinos, y promoción rural campesina, transita al mundo sindical. Primeramente asume cargos en la industria Aceros Andes, donde trabajaba, y más tarde, importantes dirigencias en la Federación de Trabajadores Metalúrgicos, Central Unica de Trabajadores, CUT Provincial San Bernardo, culminando su carrera como Regidor durante el gobierno de la Unidad Popular. Ya no era diacono, aunque igualmente seguía en las filas de su iglesia.

Ambos eran Allendedistas, fervientes defensores de su gobierno. El padre como jefe de la Junta de Abastecimiento y Precios, JAP, órgano de poder popular, distribuía alimentos, y Fernando, en su condición de Regidor, desenmascaraba a los que sumándose al boicot, escondían y acaparaban alimentos. En una oportunidad enfrentó a unos productores que habían envenenado sus pollos para evitar su venta, subió al capo de una micro para convencer a los choferes de transportes deponer sus huelgas. En las reuniones, denunciaba a los que se vendían, mostrando  cheques si era necesario.

Durante su candidatura a regidor, lo atacaron brutalmente, acuchillándole por la espalda. Antes, ya lo habían amenazado con un revolver metido entre sus costillas. Le dicen "El Potrillo", no por seguir los pasos de su padre, aunque sí lo hacía, sino porque caminaba siempre detrás de un mecánico apodado "El Caballo. Trabajaba con él, llevándole un maletín de herramientas. Fue quien le enseñó a planificar y organizar una jornada diaria; su directriz en todo lo que hace hasta los días de hoy.

En 1973, Roberto Avila tenía 59 años y Fernando, 37. El padre pastor, trabajaba en la Maestranza Central de San Bernardo, el mayor taller ferroviario que hubo en Chile, y Fernando, en Aceros Andes, que proveía de insumos a la minera de cobre Braden Copper, después El Teniente, Codelco. Ambas nacionalizadas por el presidente Salvador Allende.

Atrapados en las redes de la dictadura militar

En San Bernardo, las raíces culturales no solo se arraigan en lo rural, y lo obrero industrial sino que también en el mundo militar. Esto último se expresa  con la presencia de regimientos y escuelas de especializaciones del ejército y de la aviación, sus tradicionales desfiles, orfeones, emblemas y estandartes, atrayendo a jóvenes que aspiran abrirse una carrera a partir de su servicio militar. Todos se conocen, aunque sea de vista.

Tras el 11 de septiembre de 1973, estas instalaciones despliegan intensos operativos de alta seguridad. Ocupan las calles, allanan las industrias y reductos rurales.

En la industria Aceros Andes, revisan todo.  Enfilando en el patio a sus trabajadores,  llaman a los jefes a dar un paso adelante. Fernando, se presenta porque era delegado de la asamblea de trabajadores ante la administración. En esta condición había asumido  la dirección. Proponiéndose resguardar lo que era su fuente de trabajo había organizado a 200 trabajadores en turnos de vigilancia. Los interventores nunca más llegaron.

No tenían armas, pero un plano de un proyecto de construcción de un complejo deportivo siembra un manto de dudas y sospechas. Creyendo era un mapa de armamentos, el 29 de septiembre de 1973, lo toman preso, dejando estampada en su ficha las letras A-I que significaba “Antecedentes a Investigar”; una marca que le queda en el cuerpo estampada a fuego y sangre.

Por estas dos letras estuvo recluido 26 meses, pasando por el cuartel de la policía civil, Escuela de Infantería de San Bernardo, y los campamentos instalados en el cerro Chena, Estadio Nacional, Chacabuco,  Puchuncaví, y finalmente, Tres Alamos.

Dos días antes, la noche del 27 de septiembre, a Roberto Avila Márquez, y a David Avila Alarcón, (uno de los hermanos de Fernando) una patrulla militar los saca de su hogar, llevándolos acostados, boca abajo, sin decir adonde. Con el dedo puesto en el gatillo, los amenazaron dispárarles al primer movimiento como sus “prisioneros de guerra".

En el cerro Chena, los prisioneros permanecían día y noche con los ojos vendados. Allí, un hijo de uno de sus vecinos que cumplía el servicio militar, le informa que su padre y su hermano estaban también detenidos.  Cuando logran conversar, constata que su padre estaba como si se le hubiesen caído sus alas. Tenía heridas profundas y una parte de su lengua cortada, según le dijeron, para que no cantara himnos en el monte calvario.

David, temblando entero, solo quería morir. Tres soldados,  lo habían violado en unos fardos de paja delante de su progenitor y de sus compañeros de trabajo. Les habían levantado las vendas para que observaran a quien sindicaban de homosexual por gestar grupos de bailes folkóricos y teatro.

La última vez que se vieron, se despidieron con un beso. Recluido en el estadio Nacional, Fernando, constata que los llamaban por los altoparlantes, al igual que a los ferroviarios de la maestranza que había visto en el cerro Chena. Todos figuraban en la lista de ingresados, pero no estaban. Fueron fusilaron el 6 de octubre de 1973, argumentando intentos de fuga. A sus familiares les entregaron los cuerpos, pero el de Roberto Avila, no fue hallado en ninguna parte.

David, quién no militaba en ningún partido, milagrosamente se salvó de un fusilamiento. Sucedió en el cerro Chena, cuando desde un helicóptero, les disparaban a un grupo de prisioneros, mientras los hacían correr frente a las luces encendidas de camiones militares.  Herido de una pierna, cayó en las aguas de un canal, dejándose llevar por estas en la oscuridad de la noche. “Se nos arrancaron dos”…  escuchaba decir a lo lejos. Durmiendo, entre  gallinas y patos, logra llegar a la casa de una tía, quién lo esconde hasta que sus heridas cierran y logra salir del país. Desde Argentina viaja con destino a Suecia, gracias a las gestiones de Naciones Unidas.

En este campamento, a los presos,  los llevaban a  un granero de techo rojo, donde los interrogaban a golpes de puños, puntapiés, linchacos, y culatas de fusiles. Los torturaban, electrocutándolos dentro de un tambor y, a veces, por las noches, los trasladaban a unas lomas cercanas, disparándoles. Uno a uno, caían en un hoyo, algunos salían, y los que no, un camión los recogía.

En el valle de los caídos

Ayudado por su fe, sus oraciones y su esposa Rosa, que lo sigue por todos los campamentos, Fernando, despliega sus condiciones de lider en espera de días mejores.

En la ex salitrera, Chacabuco, como jefe de pieza, tenía a su cargo las provisiones de cigarros, chocolates, café y azúcar, y con  unos compañeros evangélicos habilitan una  iglesia en una casa abandonada. Un capellán militar, les decía que los comunistas no tenían derecho a la salvación, ni menos entrar al cielo, y los soldados, colocando sus fusiles entre las piernas, caían arrodillados ante la Biblia.

En Puchuncaví, junto a unos compañeros, soluciona un problema de aguas servidas, instalan una plaza de juegos y un escenario de títeres para entretener a los niños durante las horas de visita de sus familiares. Estando aquí lo trasladan enfermo grave a un hospital, donde lo operan de la vesícula. Pese a que había recuperado su salud, la doctora que lo atendía prolonga su post operatorio.  Entonces dedica su tiempo a brindar cuidados a un anciano. Lo apoyaba espiritualmente, le daba comida en la boca,  y le mojaba con una toalla los labios. Un día, le confesó que era un preso político. A partir de sus acciones, el anciano,  ya no se declara anticomunista. Según él, no había tenido oportunidad de conocerlos.

A Fernando, finalmente lo acusaron de activista del sindicalismo internacional peligroso para la seguridad nacional, expulsándole del país en noviembre de 1975. El Comité Pro Paz, y la Central General de Trabajadores, CGT, gestionan su refugio en Francia. Un mes después viaja su esposa y sus cinco hijos, entre 11 y 3 años. Sobrevivió, vendiendo empanadas, y gracias a los sobres anónimos con algunos billetes que le dejaban bajo la puerta de su casa sus amigos, vecinos y fieles de su iglesia. Como vuelta de mano,  las apoyaron a ella, y a Lucila, la esposa del pastor detenido desaparecido.

Radicado en  Estrasburgo, capital parlamentaria de Europa, tras superar traumas, trabaja lavando autos, y como mecánico. Una vez que aprende el idioma de tanto escuchar radio y televisión,  en París se especializa en montajes. Jersón y Lucila, dos de sus hermanos se habían radicado en Holanda.

Señores y señoras, nadie está olvidado

En democracia,  retorna a Chile con sus hijos; solo uno se quedó allá. Como si fuese un perro loco, recorría las calles y plazas de San Bernardo. Saludaba a los que conocía, y a los que no. Volvía a lo propio.

En los tribunales interpone una querella para esclarecer la muerte de su padre. David, quien residía en Suecia, viaja a Chile para proporcionar información como sobreviviente y testigo de lo ocurrido.

El 10 de marzo de 1991, el diario La Nación,  publica una entrevista en la que David relata su experiencia, incluyendo nombres de los responsables. Seis meses después, en Suecia, fue encontrado muerto, degollado en su departamento. Nada le robaron, y según la justicia sueca, el crimen fue consumado por profesionales.

Tiempo después, trabajando en el municipio, Fernando, organiza campeonatos, escuelas de jóvenes, y talentos deportivos. En estos espacios, un día, un campesino le confiesa que a su padre, lo lanzaron muerto de un camión militar dentro de un saco papero en las afueras de un cementerio rural y que junto a unos vecinos lo habían enterrado en un hoyo dentro del cementerio, guardando como si fuesen su tumba este secreto.

Los jueces determinan que efectivamente era Roberto Avila, y Mauricio Cea, este último, uno de los detenidos desaparecidos de una localidad rural de la zona sur.

Al pastor, antes de volverlo nuevamente a la tierra, sus hijos, ensamblaron sus huesos,y los dejaron con forma humana dentro de un ataúd de tamaño normal. A sus funerales llegó prácticamente el pueblo entero. Lo velaron en su iglesia y en el gimnasio ferroviario; dos dependencias  que había construido comunitariamente.

La Comisión Verdad y Reconciliación concluyó que fue ejecutado por agentes estatales sin forma de juicio, al igual que los otros diez ferroviarios de la maestranza. La justicia declaró culpable solo a un militar,  quien incluso ya se encontraba cumpliendo condenas por crímenes de lesa humanidad.  Uno de los militares encargados del campamento de prisioneros se había suicidado.

El día 6 de octubre, en homenaje a los once mártires de la maestranza se instaura el Día del Trabajador Ferroviario.  Los hijos, y los hijos de sus hijos, todos juntos, van a la plaza de la estación, al monolito de piedra que tiene una cruz de madera y una placa adosada.

Los Avila siguen su impronta. Pablo, uno de los hijos, también es pastor evangélico. En San Bernardo, los que tienen sangre tiznada se han organizado en colectivos y grupos de teatro, rock y poesía. Realizan velatones, y rutas de la memoria. Claman justicia, y por un Chile más digno y justo. La maestranza cerró sus puertas, algunos de sus galpones están declarados Monumento Histórico, pero las organizaciones  que la defienden no han logrado conseguir financiamiento para abrir un museo que resguarde su historia. Quieren que lo poco que queda no sea aplastado bajo la modernidad urbana, están convencidos que un país sin memoria no tiene historia.

Myriam Carmen Pinto. Zurdos no diestros. Historias humanas de humanos demasiados humanos (serie).

Fotografias:  Exposición Los Tiznados (blanco y negro), albumes familiares, Carteles que Hablan, fotografías de Cesar Disi, Victor Peña Contreras, revista " En Viaje", recopiladas por comité memoria Maestranza. Noviembre 2013.

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