“Palomas”, el Whatsapp de Ayer

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Una original forma de recordar la  heroica resistencia a la dictadura de Augusto Pinochet y un valioso texto para añadir a la memoria histórica de aquellos años oscuros, es el que presentó hace unos días en la sala Master de la Radio Universidad de Chile la periodista Myriam Pinto: “¡Y lo hicimos caer!”, de la editorial del mismo nombre.

Se trata de un recuento gráfico de las movilizaciones sociales que se hicieron contra la dictadura pinochetista en pleno período, a partir de los volantes o “palomitas” que héroes anónimos distribuyeron por casas, calles y plazas del país con riesgo de ser detenidos por agentes secretos o policías uniformados para un destino incierto. Algunos de ellos hoy son mártires.

Nos resistimos a llamarlos panfletos – como se suele denominarlos en el libro – porque esta palabra está asociada a algo negativo, como la difamación a personas o grupos, o la apología de alguna doctrina negativa. Eran, simplemente, “volantes” o “palomas”, porque su forma de distribución para no arriesgar una detención policial, era soltarlas al viento, sea desde un vehículo en movimiento (pisadera de un ómnibus), sea desde lo alto de un edificio… esperando que corriera viento; o simplemente abandonándolas para quien se atreviera a tomarlas desde algún anaquel de supermercado, biblioteca o plaza.

Fueron el medio de comunicación masiva preferido en esos tiempos sin Internet ni Whatsapp para convocar con menos riesgo de ser apresado(a). Llamaban masivamente a la movilización social contra la dictadura, la que se desató a partir de 1983, aunque las primeras brotaron a pocos días del golpe, proclamando “Allende vive”.

Llamaban progresivamente a tocar cacerolas en las casas de noche, a reivindicar la hazaña de algún mártir de la dictadura como Sebastián Acevedo o los degollados Parada, Guerrero y Natino; a marchar por las calles o a mítines relámpago en lugares públicos.

Al comienzo esas marchas eran silenciosas, como la primera,  realizada en 1974 en las veredas de calle Ahumada (entonces no era peatonal) entremezcladas con los transeúntes para no llamar la atención de la policía, pero que servían para saber que seguíamos vivos y dispuestos a luchar unidos por una misma meta.

Luego vinieron las protestas pacíficas en sitios públicos atados con cadenas a rejas, o caminando por las calles con una mordaza en el rostro como hicimos los periodistas clamando por libertad de expresión.

Todo esto se refleja en las palomitas de este texto. Eran pequeños trozos de papel de mala calidad, la mayoría impresos en serigirafía u otros métodos artesanales y algunos a roneo o hasta en imprentas clandestinas, no siempre legibles. Cuando ocupaban una página ya no eran palomas sino mensajes que circulaban de mano en mano,  como los acuerdos de asociaciones sindicales o gremiales o los instructivos para la acción a que se convocaba.

Su autora, Myriam Pinto, trabajaba en Radio Chilena (del Arzobispado de Santiago, hoy desaparecida) cuando comenzó a juntarlas. Ella misma las recogía de la vereda, o bien se las llevaban a la radio o se las regalaron amigos que pensaron que podrían ser útiles algún día y no se atrevieron a conservarlas ellos mismos. Myriam las guardó temiendo ser allanada con este material subversivo escondiéndolos en lugares insospechados e ingenuos, como el forro de un recetario de cocina.

En este texto principalmente gráfico vemos palomas convocando al 1º de mayo, Día de los Trabajadores;  exigiendo respeto a los derechos humanos de los detenidos desaparecidos; a los soldados, a desobedecer a sus altos mandos;  a la gran movilización femenina de “Mujeres por la Vida” exigiendo democracia “en el país y en la casa”; a la primera concentración autorizada de la oposición en el Teatro Caupolicán, con el ex Presidente Frei Montalva (1980) dos años antes de que lo asesinaran; a la unidad de los partidos políticos en la clandestinidad; a la resistencia cultural (actividades en peñas, happenings); a acciones en los distintos gremios (trabajadores, profesores, periodistas, estudiantes); clamor por elecciones libres cuando surgió la Asamblea de la Civilidad…  hasta llegar al Plebiscito de 1988 que selló el comienzo del fin para la dictadura.

La mayoría no lleva año de data, pero para quienes vivimos esa experiencia, no es tan difícil saber, según el llamado, a qué época corresponden. Una tarea que se dio la autora para presentar esta historia en 21 capítulos cada uno con breve introducción histórica, clasificándolos según grandes temas, algunos de los cuales se entremezclan.

Mucho de este material se puede encontrar en los archivos del Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, pero la gracia de este libro es que lo pone más al alcance de la mano de las nuevas generaciones, concretando en imágenes aquellas gestas por la recuperación de la democracia de las que sólo oyeron hablar a sus padres o abuelos.

Para su autora, que realizó un arduo trabajo de búsqueda de fuentes de este material que nació anónimo, ha sido un “rescate de la memoria colectiva” y una forma de “contribuir a una suerte de historiografía de la resistencia” chilena a la dictadura.  Y para nosotros y cualquier lector, una manera original, simpática, melancólica o  doliente en muchos casos, de conocer o recordar parte importante de la lucha que los chilenos dimos para derrocarla.

Fuente: Lidia Baltra (periodista). Página 19 – (abril 2019)

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