Entre el Plebiscito de ayer y el de hoy

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PLEBISCITO DE 1980; CHILE PAIS EN DICTADURA DESDE EL 11 DE SEPTIEMBRE DE 1973 HASTA 1988.

En 1972, Molly Vilma Montoya, junto a su padre, Raúl Montoya Vilches, casado, cuatro hijos, electricista, dirigente sindical, militante del Partido Comunista, detenido y hecho desaparecer en 1976.

«Difícil retroceder más de cuatro décadas, difícil recordar los años anteriores al llamado para aprobar en un Plebiscito la Constitución de 1980, redactada por pocas personas, por los peores hombres de derecha y con miles y miles de muertes a sus hombros. Debíamos votar, quisiéramos o no una Constitución que nos mantendría atados de mano, empobrecidos y dominados por la dictadura, y pensando que no dejarían el poder y para peor que nos mantendrían subyugados a su arbitrio, abuso y temor.

Imposible no pensar que nos someterían a un Plebiscito obligado, sabiendo que no tendríamos opciones, aún más, esta Constitución estaba marcada con sangre de tantos y tantos chilenos. Recordar ese día es complicado; retroceder, pensar lo vivido el día de las votaciones no es fácil. Ese día, marcado por el temor, miedo y dolor, tuve que salir con mi madre que, más que un sostén, sentía que yo debía protegerla. El temor de ella me sobrepasaba. Teníamos que votar en el Liceo Manuel Barros Borgoño. No recuerdo si caminamos o nos fuimos en micro. Me preocupaba su miedo y dolor; ambas sabíamos que nuestra voto era la opción NO. Habíamos conversado, pensábamos que nos pedirían el voto para revisarlo, fue tanto su temor que también creí que sería así. Una vez, caminando hacia el liceo dimensioné que había poca gente en las calles, y los milicos estaban en todas partes, todo el sector estaba rodeado de militares fuertemente armados. El temor se apoderó de mi, pero como siempre debí comérmelo. Mi preocupación mayor era mi madre, su inseguridad se reflejaba en demasía. Ya en la urna, marque NO, y salí de ahí llena de pánico, sentía y creía que nos revisarían el voto, que sabían quiénes éramos y qué habíamos votado. En todas esas fracciones de segundos pasaron miles de pensamientos por mi mente. No supe como votó mi madre, no le pregunté para no atormentarla aún más. Ya estaba hecho, no hablamos, no nos mirábamos, pero los milicos nos observaban. Ellos rodeaban los espacios pequeños y grandes, las salidas de la sala de las urnas, de las escaleras, de los patios. Fue un tormento, aún más grande, tener que ir a votar.

Cuando entregué mi voto pensé que lo revisarían, sentía que nos conocían, que nos tenían en la mira, que ya no saldríamos de ese lugar. Mi madre era una persona que se contenía, pero a mí no me contenía. Nuestro silencio en el lugar era espantoso, el camino hacia la salida se hizo eterno y muy oscuro, el día estaba nublado. Cuando salimos creía que todos nos miraban y que tal vez mas de alguno nos seguiría. El silencio de las dos no sé cuánto duró, no sé cuánto caminamos o si tomamos micro, no sé cuánto tiempo pasó, ni a qué hora llegamos a casa; solo sé que no recuerdo palabras de mi madre, mucho menos alguna de tranquilidad.

Seguía pensando que nos conocían, sentía que sabían quiénes éramos nosotras y que hacíamos, que nos habían visto en la Vicaria de la Solidaridad, en las marchas, siting, encadenamientos, huelgas de hambre, en fin. No recuerdo a qué hora llegamos a casa. Lo que sí recuerdo es que el silencio se mantuvo. El resultado del terror lo supimos en la noche. Una vez más habíamos perdido, una vez más debíamos seguir al alero de la dictadura y con una Constitución del terror, mucho más del que ya vivíamos. Meses después, esto se reflejaría en la cotidianeidad y en los deberes nuestros más que derechos, a corto y mediano plazo. Al año siguiente, nos obligaron a cambiarnos a la AFP, al menos a los que recién entrabamos al mundo del trabajo. Con mi madre no fue así; ella continuó en el Seguro Obrero. Ahora no sé cuál fue la figura para no ser despojados; comunicación no había en nuestra casa.

El 21 de julio de 1976 mi padre fue detenido por la DINA. Al día siguiente fui a la Vicaría de la Solidaridad y luego interpuse un recurso de amparo en favor de mi padre, quién hasta el día de hoy se encuentra en calidad de Detenido Desaparecido.

Han pasado 46 años de su detención y desaparición y 42 años del Plebiscito de la dictadura. Poco o nada ha cambiado. Los gobiernos que pasaron se acomodaron al modelo y a la justicia “en la medida de lo posible”. No hemos encontrado a nuestros familiares, no han tenido justicia porque después de 30 o 40 años eso ya no es justicia, es acomodo, es burla, es mentira, es traición. Nos jugamos la vida en las calles por todas y todos, siempre pensando que el modelo neoliberal cambiaría en favor de la población y que tendríamos la verdad sobre nuestros familiares, que los secuestradores y asesinos tendrían cárcel perpetua en su tiempo y no cuando ya están viejos y podridos; los llevan a morir a la cárcel.

Honestamente no sé si logremos tener ahora una Constitución que se pueda implementar, según la propuesta presentada. La derecha y el fascismo harán lo que sea por no perder lo que tienen.

Hoy tengo 66 años; 46 años he esperado justicia real para mi padre. Con 24 años vote por el NO en el Plebiscito de 1980 que nos impuso la Constitución del Dictador y asesino Augusto Pinochet.

No sé cuánto más pueda vivir para seguir contando la historia desigual de mi país».

Molly  Vilma Montoya Romero, agosto 2022. Historias en movimiento/Plebiscito 1980

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